La mesa servida
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hubo una época en la que la mesa familiar tenía una historia muy diferente.
En muchos hogares, las mujeres eran quienes preparaban los alimentos y, cuando llegaba la hora de comer, comenzaban a servir uno por uno: primero al esposo, después a los hijos y finalmente, cuando todos estaban atendidos, ellas se sentaban a comer.
Y muchas veces la comida ya estaba fría.
No porque alguien quisiera hacerlo de esa manera, sino porque así se aprendió durante generaciones: quien cocinaba también tenía que servir, levantarse constantemente, traer las tortillas, llevar los vasos, recoger los platos y estar pendiente de todos.
Hoy las cosas pueden ser diferentes.
Quien prepara los alimentos, sea hombre o mujer, también merece sentarse a disfrutar la comida caliente y compartir la conversación familiar.
Una opción tan sencilla como colocar los alimentos en el centro de la mesa permite que cada integrante se sirva la cantidad que desea y que todos puedan comer al mismo tiempo.
Ya no debería importar quién es hombre o mujer, quién llegó primero o quién es el mayor.
La colaboración no tiene género ni edad.
Por supuesto, los pequeños que todavía no tienen la capacidad para servirse necesitan ayuda. Pero conforme crecen, también deben aprender a participar.
“Sírvete.”
“Alcanza las tortillas.”
“Lleva tu plato.”
“Cuando termines, ayúdame a recoger.”
Son pequeñas acciones que enseñan responsabilidad.
Porque también estamos educando cuando estamos sentados alrededor de una mesa.
Si acostumbramos a los hijos a que alguien siempre les acerque todo, posteriormente pueden creer que esa es una obligación de los demás.
En cambio, cuando les enseñamos a colaborar, aprendemos algo mucho más valioso: en una familia todos tienen derechos, pero también responsabilidades.
Y hay otro aprendizaje importante que comienza precisamente frente al plato: aprender a comer de manera equilibrada.
No necesitamos llenar el plato hasta arriba simplemente porque la comida está deliciosa.
Debemos aprender a escuchar nuestro cuerpo, servirnos una cantidad razonable y detenernos cuando estamos satisfechos.
También debemos enseñar a los niños que no necesitan comer por obligación ni hacerlo en exceso.
La mesa familiar debería ser un espacio para alimentarnos, pero también para conversar, reír, escucharnos y compartir lo que ocurrió durante el día.
Qué bonito sería recuperar esas comidas en las que nadie tiene que levantarse diez veces, nadie tiene que atender a todos y todos participan.
Porque comer juntos no significa solamente compartir los alimentos.
Significa compartir la vida.
Y quizá aquella persona que durante años fue la última en sentarse a la mesa hoy pueda disfrutar, por fin, de una comida caliente, tranquila y acompañada.
La mesa no debe tener sirvientes y servidos; debe tener una familia que colabora, comparte y disfruta. Enseñemos a nuestros hijos que servirse solos también es aprender a valerse por sí mismos y que ayudar en casa no es un favor, es parte de vivir en familia… no cree usted?
