Cuando la vida nos obliga a aprender de nuevo
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay lecciones que nadie quisiera aprender por necesidad, pero la vida, tarde o temprano, nos las pone enfrente.
Durante muchos años, en numerosos hogares existió una distribución muy marcada de responsabilidades. Mientras uno de los integrantes de la pareja se encargaba de administrar el dinero, realizar pagos, acudir al banco, conocer las inversiones o resolver trámites, el otro dedicaba su tiempo al hogar, a los hijos y al bienestar de la familia.
Ese modelo funcionó para muchas parejas y merece todo el respeto. El problema aparece cuando la vida cambia inesperadamente.
Un divorcio.
La viudez.
Una enfermedad.
O simplemente la ausencia de quien durante años resolvió todos los asuntos económicos.
Es entonces cuando muchas mujeres descubren que nunca hicieron una transferencia bancaria, jamás pagaron un recibo por internet, desconocen cuánto cuesta mantener una casa, no saben dónde están los documentos importantes o incluso ignoran las deudas y compromisos económicos de la familia.
Y no es porque les falte inteligencia.
Es porque nadie les dio la oportunidad de aprender o porque ellas mismas pensaron que nunca lo necesitarían.
El miedo aparece de inmediato.
¿Cómo pagaré los servicios?
¿Cómo administraré mis ingresos?
¿Cómo resolveré los trámites?
¿Cómo protegeré mi patrimonio?
Sin embargo, poco a poco descubren algo maravilloso: eran mucho más capaces de lo que imaginaban.
Aprenden.
Se equivocan.
Vuelven a intentarlo.
Y un día realizan con seguridad aquello que antes parecía imposible.
Pero esta reflexión no es únicamente para las mujeres.
También existen hombres que nunca aprendieron a cocinar, a lavar su ropa, a preparar una comida o a organizar un hogar porque alguien más siempre lo hizo por ellos.
Cuando enfrentan una separación o la pérdida de su pareja, también deben comenzar desde cero.
La autonomía no tiene género.
Todos deberíamos saber administrar nuestro dinero, conocer las finanzas del hogar, cocinar lo básico, realizar trámites, cuidar una casa y resolver los asuntos cotidianos de la vida.
No porque desconfiemos de quien amamos.
Sino porque nadie tiene garantizado el mañana.
Prepararse no significa esperar una desgracia.
Significa actuar con responsabilidad.
Las parejas deberían hablar de las finanzas familiares, conocer juntos dónde se encuentran los documentos importantes, saber cómo funcionan las cuentas bancarias, cuáles son los gastos del hogar y cómo enfrentar cualquier imprevisto.
El conocimiento compartido da tranquilidad.
La dependencia absoluta genera vulnerabilidad.
Y educar a nuestros hijos para que sean autónomos, sin importar si son hombres o mujeres, es uno de los mayores regalos que podemos hacerles.
Porque la vida cambia en un instante.
Y cuando eso ocurre, no basta con tener fuerza de voluntad.
También hacen falta herramientas.
Aprendizajes.
Y la seguridad de saber que podemos salir adelante por nosotros mismos.
Amar es caminar al lado de alguien, no caminar detrás de él. La verdadera fortaleza de una pareja nace cuando ambos saben sostenerse mutuamente, pero también son capaces de continuar si la vida, algún día, los obliga a hacerlo… no cree usted?
