La educación gratuita… pero la escuela no se mantiene sola
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Cada año escuchamos la misma discusión: las cuotas escolares, las cooperaciones voluntarias y los apoyos que solicitan las escuelas para cubrir necesidades básicas.
Muchos padres argumentan, con razón, que la educación pública debe ser gratuita. Así lo establece nuestra Constitución. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a analizar una realidad que viven diariamente miles de escuelas en nuestro país.
La escuela no se mantiene sola.
Los salones se ensucian.
Los baños requieren mantenimiento.
Los jardines necesitan cuidado.
Los equipos se descomponen.
Las puertas se dañan.
Los aires acondicionados dejan de funcionar.
Los techos presentan filtraciones.
Y los recursos oficiales, en muchas ocasiones, no alcanzan para resolver todas las necesidades que surgen durante el ciclo escolar.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Quién debe hacerse responsable de cuidar el espacio donde estudian nuestros hijos?
Algunos consideran que todo corresponde al gobierno. Otros piensan que la escuela debe resolverlo. Pero la realidad demuestra que la educación siempre ha sido una responsabilidad compartida entre autoridades, maestros y padres de familia.
Cuando los padres participan, las escuelas mejoran.
Cuando los padres colaboran, los alumnos observan un ejemplo de compromiso.
Cuando los padres se involucran, la comunidad educativa se fortalece.
Lo preocupante es que cada vez es más común encontrar familias que exigen servicios de calidad, instalaciones limpias y ambientes seguros, pero que rechazan cualquier forma de participación en el mantenimiento de esos espacios.
La educación no termina cuando dejamos a nuestros hijos en la puerta de la escuela.
La educación también consiste en enseñarles a cuidar lo que es de todos.
Muchos padres trabajan arduamente para sostener a sus familias y realizan esfuerzos extraordinarios para apoyar a sus hijos. Eso merece reconocimiento. Pero también debemos entender que una escuela limpia, funcional y segura beneficia directamente a quienes más queremos.
No se trata únicamente de aportar dinero.
También se puede colaborar con tiempo, con trabajo comunitario, con propuestas o con acciones que fortalezcan el entorno escolar.
Porque cuando una comunidad educativa se une, los resultados son visibles.
Los niños aprenden en mejores condiciones.
Los maestros pueden concentrarse en enseñar.
Y los directivos dedican más tiempo al aprendizaje que a resolver carencias materiales.
La educación gratuita es un derecho.
Pero la conservación de una escuela digna es una responsabilidad compartida.
Ningún maestro puede enseñar en un ambiente deteriorado.
Ningún director puede resolver solo todas las necesidades.
Y ningún gobierno puede sustituir el compromiso cotidiano de una comunidad que realmente valora la educación.
Porque la escuela es una extensión del hogar y, al final, los mayores beneficiados siempre serán nuestros hijos.
Es fácil exigir una mejor escuela, pero construirla requiere la participación de todos; porque la educación de nuestros hijos no depende únicamente de las aulas y los maestros, sino principalmente del compromiso de los padres de familia, que son los primeros y más importantes educadores de sus hijos… no cree usted?
