El cuidador invisible
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Cuando una persona es diagnosticada con demencia senil o Alzheimer, toda la atención se concentra en ella. Es natural. La enfermedad es devastadora, avanza lentamente y poco a poco va borrando recuerdos, rostros, palabras y momentos que construyeron toda una vida.
Pero hay alguien de quien pocas veces se habla.
Quien está a su lado todos los días.
El esposo, la esposa, el hijo, la hija o ese familiar que, sin darse cuenta, también comienza a perder algo muy valioso: su propia vida.
Cuidar a una persona con deterioro cognitivo no consiste únicamente en acompañarla. Significa ayudarla a levantarse, bañarla, vestirla, alimentarla, administrar medicamentos, soportar noches sin dormir, responder una y otra vez las mismas preguntas y mantener la calma cuando la enfermedad provoca confusión, miedo o cambios de conducta.
Con el paso del tiempo, el cuerpo del cuidador también comienza a resentir el esfuerzo.
La espalda duele de tanto levantar a quien ya no puede caminar.
Las rodillas se desgastan.
Los brazos pierden fuerza.
El cansancio se vuelve permanente y el descanso parece un lujo imposible.
Y mientras el enfermo va olvidando, el cuidador va acumulando agotamiento.
Muchas veces la familia llama por teléfono para preguntar:
—¿Cómo sigue?
Pero rara vez pregunta:
—¿Y tú, cómo estás?
Pareciera que el cuidador deja de existir. Como si no sintiera miedo, tristeza, frustración o soledad. Como si no necesitara dormir una noche completa, salir a caminar unos minutos o simplemente sentarse a tomar un café sin estar pendiente de la siguiente llamada.
Hay quienes tienen la posibilidad económica de contratar ayuda. Sin embargo, aun contando con enfermeras o asistentes, el peso emocional no desaparece. Nadie reemplaza el vínculo afectivo ni la responsabilidad que siente quien ama.
Y también están quienes no tienen esa opción.
Personas que hacen todo solas porque los recursos económicos no alcanzan o porque simplemente no hay quien las releve unas horas. Ellas cocinan, limpian, administran medicamentos, realizan trámites, pagan cuentas y, al mismo tiempo, intentan sostener su propia salud.
En muchos casos, el cuidador termina enfermando antes de que la enfermedad concluya su recorrido.
El estrés constante, la falta de sueño, la ansiedad y el desgaste físico cobran una factura silenciosa. La presión arterial se altera, aparecen dolores crónicos, la tristeza se instala y la vida social desaparece poco a poco.
Es como ver marchitarse una flor mientras todos observan el árbol que intenta sostener.
Cuidar a quien ya no puede hacerlo por sí mismo es uno de los actos de amor más grandes que existen. Pero el amor no debería significar sacrificar por completo la salud física y emocional de quien cuida.
Las familias necesitan comprender que el cuidado también se comparte.
No basta con preguntar por el paciente.
Hay que ofrecer unas horas de descanso.
Llevar una comida preparada.
Acompañar a una consulta médica.
Hacerse cargo de un trámite.
Permanecer una tarde con el enfermo para que el cuidador pueda salir a respirar, caminar o simplemente dormir.
A veces, el mejor regalo no es un consejo.
Es decir con sinceridad:
“Hoy me quedo yo. Ve a descansar.”
Quien cuida también necesita ser escuchado.
También necesita llorar.
También necesita sentirse acompañado.
Porque nadie puede sostener durante años una carga tan pesada sin que su cuerpo y su corazón pidan auxilio.
Hoy, con mi lupa, quiero mirar a esas personas que permanecen detrás de la enfermedad, sosteniendo una mano temblorosa, una esperanza y una promesa de amor que renuevan todos los días.
Ellas también merecen ser vistas.
También merecen ser abrazadas.
También necesitan que alguien cuide de ellas.
Porque detrás de cada enfermo suele haber un héroe silencioso que ha dejado parte de su vida para cuidar la de alguien más. No esperemos a que ese cuidador también enferme para reconocer su entrega; cuidar a quien cuida es, quizá, la forma más humana y generosa de demostrar amor… no cree usted?
