El gran tesoro de la imaginación infantil
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hubo un tiempo en que una caja de cartón podía convertirse en un castillo, un barco pirata o una nave espacial. Un palo de escoba era un caballo veloz, una espada o el micrófono de un gran artista. Bastaban unos cuantos amigos, un patio y una tarde libre para que nacieran aventuras que parecían no tener fin.
No existían teléfonos inteligentes, videojuegos en línea ni redes sociales que capturaran toda la atención de los niños. Lo que sí existía era algo invaluable: la imaginación.
Los pequeños inventaban personajes, construían mundos enteros, organizaban expediciones, jugaban a ser maestros, médicos, bomberos o astronautas. Cada día era una oportunidad para crear una historia diferente.
Y lo más maravilloso era que todo nacía de su propia mente.
Hoy la tecnología ha traído enormes beneficios. Ha acercado el conocimiento, facilita la comunicación y ofrece herramientas extraordinarias para aprender. Sería injusto negar todo lo positivo que representa.
Sin embargo, también debemos reconocer que, cuando se utiliza sin equilibrio, puede limitar una de las capacidades más valiosas de la infancia: la creatividad.
Muchos niños ya no imaginan el final de un cuento porque un video se los muestra. Ya no inventan un juego porque una aplicación les dice qué hacer. Ya no hacen preguntas porque las respuestas aparecen en segundos en una pantalla.
Poco a poco dejamos de asombrarnos.
Y cuando dejamos de imaginar, también dejamos de crear.
La imaginación no solo sirve para jugar. Es la base de la innovación, de la ciencia, del arte y de los grandes descubrimientos. Todo lo que hoy existe fue primero una idea en la mente de alguien que se atrevió a imaginar lo imposible.
Por eso la familia tiene un papel fundamental.
Contar historias antes de dormir.
Leer juntos un libro.
Inventar finales distintos para un cuento.
Construir una casita con sábanas.
Jugar a las adivinanzas.
Preguntar: ”¿Qué harías si pudieras volar?”, ”¿Cómo sería tu ciudad ideal?”, ”¿Qué inventarías para ayudar a las personas?”
Son preguntas sencillas que despiertan el pensamiento y permiten que la imaginación vuelva a tomar vuelo.
También vale la pena compartir con nuestros hijos y nietos cómo era nuestra infancia. Hablarles de los juegos en la calle, de las escondidas, de las canicas, del trompo, de la cuerda, de las muñecas de trapo, de los álbumes de estampas y de tantas aventuras que nacían sin necesidad de electricidad ni conexión a internet.
No se trata de vivir en el pasado ni de rechazar la tecnología.
Se trata de encontrar un equilibrio.
De enseñar que una pantalla puede ser útil, pero nunca debe sustituir la capacidad de soñar, imaginar y crear.
Porque un niño que imagina será un joven que se atreva a innovar.
Y un joven que aprende a crear tendrá más herramientas para transformar el mundo.
No permitamos que la rapidez de la tecnología apague la magia de la infancia.
Porque mientras exista un niño capaz de imaginar, siempre habrá esperanza de construir un futuro mejor.
La imaginación es el primer paso de todos los grandes sueños; cuidémosla, alimentémosla y permitamos que nuestros niños vuelvan a descubrir que el mejor juguete sigue estando dentro de su propia mente… no cree usted?
