Los hombres también lloran
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Durante generaciones escuchamos frases como: “Los hombres no lloran”, “Aguántate, sé fuerte”, “Llorar es de débiles”. Sin darnos cuenta, esas palabras fueron formando a niños que aprendieron a esconder sus emociones en lugar de comprenderlas.
¿Pero quién decidió que las lágrimas tienen género?
Llorar no es una muestra de debilidad. Es una expresión natural del ser humano. Así como reímos cuando somos inmensamente felices, también lloramos cuando sentimos tristeza, impotencia, miedo o incluso una profunda emoción.
Sin embargo, a muchos hombres se les enseñó que debían ser fuertes todo el tiempo. Que expresar sus sentimientos era una señal de fragilidad. Así fueron creciendo, guardando silencios, ocultando preocupaciones y cargando solos con dolores que nunca se atrevieron a compartir.
Y las emociones que no se expresan no desaparecen.
Se acumulan.
Se transforman en ansiedad, enojo, estrés o tristeza. En ocasiones afectan las relaciones familiares, el trabajo y hasta la salud física.
Por eso es tan importante cambiar la manera en que educamos a nuestros hijos.
No se trata de hacer hombres frágiles.
Se trata de formar hombres emocionalmente sanos.
Niños capaces de decir “estoy triste”, “tengo miedo”, “necesito ayuda” o “te quiero” sin sentir vergüenza por hacerlo.
Regular las emociones no significa reprimirlas.
Significa aprender a reconocerlas, comprenderlas y expresarlas de manera adecuada.
Un niño que aprende a hablar de lo que siente tendrá más herramientas para resolver conflictos, construir relaciones sanas y enfrentar las dificultades de la vida.
Lo mismo ocurre con las niñas. Ellas tampoco deben crecer creyendo que llorar es la única manera de expresar sus emociones. Todos necesitamos aprender a comunicar lo que sentimos con respeto, equilibrio y empatía.
En la familia debemos crear espacios donde exista confianza para hablar, donde nadie sea juzgado por expresar tristeza, preocupación o alegría.
Porque el hogar es el primer lugar donde aprendemos a relacionarnos con nuestras emociones.
La sensibilidad no hace a una persona menos fuerte.
Al contrario.
Hace falta mucho valor para reconocer el dolor, pedir apoyo y seguir adelante.
Las personas más fuertes no son las que nunca lloran.
Son aquellas que sienten profundamente, enfrentan sus emociones con honestidad y encuentran la manera de levantarse después de cada caída.
Quizá ha llegado el momento de dejar atrás esos estereotipos que tanto daño han hecho.
Permitamos que nuestros hijos crezcan sabiendo que expresar sus sentimientos no los hace menos hombres ni menos mujeres.
Los hace más humanos.
Y una sociedad que aprende a hablar de sus emociones será, sin duda, una sociedad con más empatía, menos violencia y más capacidad para construir relaciones sanas.
Las lágrimas no distinguen entre hombres y mujeres; distinguen a quienes tienen el valor de sentir. Eduquemos hijos fuertes, sí, pero también capaces de expresar lo que llevan en el corazón… no cree usted?
