Los escépticos y los creyentes
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que otra persona pueda creer en algo diferente a nosotros?
A lo largo de nuestra vida encontraremos personas que creen profundamente en Dios, en la espiritualidad, en los milagros y en aquello que no pueden explicar; pero también encontraremos personas escépticas, que necesitan pruebas, explicaciones y evidencias antes de aceptar algo como verdadero.
Y entre ambos existen muchas diferencias.
Pero también existe algo que debería unirlos: el respeto.
El creyente encuentra respuestas en su fe.
En los momentos difíciles puede aferrarse a una oración, a una promesa, a una esperanza que le permite continuar.
Para muchas personas, creer significa encontrar consuelo, fortaleza y sentido en situaciones que no pueden controlar.
El escéptico, en cambio, puede preguntarse:
”¿Cómo lo sabes?”
”¿Qué evidencia existe?”
”¿Puede comprobarse?”
Y hacer preguntas no necesariamente significa burlarse.
Dudar también puede ser una manera de buscar respuestas.
El problema aparece cuando uno pretende imponer su manera de pensar sobre el otro.
Cuando el creyente afirma que quien no comparte su fe está equivocado.
O cuando el escéptico ridiculiza aquello que para otra persona es sagrado.
Ambas actitudes pueden lastimar.
Cada persona tiene derecho a construir sus propias convicciones.
No todos necesitamos creer en lo mismo.
Y tampoco necesitamos dejar de hacernos preguntas.
Porque la fe y la razón no siempre tienen que convertirse en enemigas.
Hay asuntos que podemos estudiar, comprobar y explicar.
Y existen experiencias personales que cada individuo interpreta desde su propia historia, educación y creencias.
Lo importante es saber distinguir entre lo que creemos, lo que sabemos y lo que podemos demostrar.
Una persona puede decir:
“Yo creo que ocurrió un milagro porque así lo viví.”
Otra puede responder:
“Yo necesito una explicación diferente.”
Y ambas pueden continuar conversando sin faltarse al respeto.
Qué importante sería enseñarles esto a nuestros hijos.
Que preguntar no es una falta de respeto.
Que creer tampoco es motivo de vergüenza.
Que nadie debe ser obligado a adoptar las convicciones de otra persona.
Y que podemos convivir con quienes piensan diferente.
Porque el mundo está lleno de preguntas para las que todavía buscamos respuestas.
Hay quienes encuentran tranquilidad en la oración.
Otros encuentran respuestas en la ciencia.
Algunos combinan ambas perspectivas.
Y otros prefieren mantenerse en la duda.
Todas esas posiciones forman parte de la diversidad de pensamiento que existe en una sociedad.
Lo que no deberíamos permitir es que nuestras diferencias se conviertan en motivo de desprecio.
El creyente no necesita demostrar constantemente su fe.
Puede vivirla con sus acciones.
Con solidaridad.
Con respeto.
Con amor al prójimo.
Y el escéptico tampoco necesita convencer a todos de que deben pensar como él.
Puede preguntar, investigar y expresar sus dudas sin ridiculizar.
Porque al final, nuestras convicciones deberían ayudarnos a ser mejores personas, no a sentirnos superiores.
Quizá también deberíamos aprender a decir:
“No sé.”
Qué difícil es reconocerlo.
A veces queremos tener una respuesta para todo.
Pero aceptar que no conocemos algo también es una muestra de humildad.
Podemos creer.
Podemos dudar.
Podemos investigar.
Podemos cambiar de opinión cuando encontramos nueva información.
Y podemos conservar nuestras convicciones cuando nuestras experiencias nos han llevado a ellas.
Lo verdaderamente importante es no utilizar nuestras creencias para atacar a quien piensa diferente.
La fe es una experiencia profundamente personal.
La duda también puede serlo.
Y ninguna de las dos debería convertirse en una guerra.
Porque quizá la pregunta más importante no sea quién tiene la razón, sino cómo tratamos a los demás mientras buscamos nuestras propias respuestas.
Los creyentes tienen derecho a creer y los escépticos tienen derecho a cuestionar. Nadie debería ser obligado a pensar, sentir o interpretar la vida de la misma manera que los demás. Podemos tener fe sin imponerla y podemos tener dudas sin burlarnos de quien cree. Al final, quizá nuestra verdadera grandeza no esté en convencer al otro de tener la misma respuesta, sino en aprender a convivir respetuosamente mientras cada quien busca la suya… ¿no cree usted?
