No mermes tu abundancia: aléjate de quien vive en las quejas y el pensamiento de carencia
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Te has dado cuenta de que algunas personas pueden cambiar el ambiente de una habitación apenas comienzan a hablar?
Hay quienes encuentran una posibilidad en cada problema y quienes encuentran un problema en cada posibilidad.
Hay quienes agradecen lo que tienen y quienes, aun teniendo mucho, siempre sienten que les falta algo.
Y convivir constantemente con una persona que vive instalada en la queja puede terminar influyendo en nuestra propia manera de mirar la vida.
Por eso, hoy quiero hablar de algo que muchas veces escuchamos como abundancia.
Pero no me refiero únicamente al dinero.
La abundancia también puede ser tener salud, familia, amigos, oportunidades, conocimientos, trabajo, experiencias, tiempo, creatividad, capacidad para aprender y personas que nos quieren.
A veces tenemos tanto frente a nosotros que dejamos de verlo porque estamos demasiado concentrados en aquello que todavía nos falta.
El pensamiento de carencia puede convertirse en una forma de vivir.
“No tengo suficiente.”
“Nunca me alcanza.”
“A otros siempre les va mejor.”
“Nada me sale bien.”
“Seguro algo malo va a pasar.”
”¿Para qué intentarlo si no va a funcionar?”
Cuando una persona repite constantemente este tipo de pensamientos, termina mirando la vida desde la escasez, incluso cuando existen posibilidades a su alrededor.
Y algo importante: tener dificultades reales no significa ser una persona negativa.
Todos atravesamos momentos económicos complicados, pérdidas, problemas familiares o etapas en las que las cosas simplemente no salen como queremos.
La diferencia está en no permitir que una dificultad temporal se convierta en nuestra manera permanente de interpretar la vida.
Porque una cosa es reconocer un problema y otra es vivir hablando únicamente de él.
Una cosa es ser prudentes con el dinero y otra vivir con miedo constante a perderlo.
Una cosa es buscar soluciones y otra repetir que nada tiene remedio.
Por eso debemos cuidar también nuestro entorno.
Las personas con las que convivimos influyen en nuestras conversaciones, en nuestras emociones y hasta en la manera en que interpretamos lo que nos sucede.
Si pasamos demasiado tiempo escuchando que todo está mal, que nadie puede, que nada funciona y que nunca habrá suficiente, poco a poco podemos comenzar a pensar de la misma manera.
Y no se trata de abandonar a quien está pasando por un momento difícil.
Al contrario.
Cuando alguien que queremos necesita apoyo, debemos estar presentes.
Pero acompañar a una persona no significa adoptar su desesperanza.
Podemos escuchar sin absorber.
Podemos ayudar sin cargar con todo.
Podemos comprender sin permitir que su negatividad se convierta en la nuestra.
También necesitamos aprender a poner límites.
Hay conversaciones que podemos cambiar.
Hay ambientes de los que podemos tomar distancia.
Y hay personas a las que podemos querer profundamente sin permitir que su manera de pensar determine la nuestra.
Porque cuidar nuestra paz también es una forma de responsabilidad.
La abundancia comienza muchas veces por reconocer lo que ya tenemos.
Una casa que nos protege.
Una mesa con alimentos.
Un trabajo que nos permite salir adelante.
Una persona que nos llama para saber cómo estamos.
Un amigo que aparece cuando lo necesitamos.
La posibilidad de aprender algo nuevo.
Un día más para intentarlo.
Quizá no tengamos todo lo que queremos, pero seguramente tenemos algo que ayer hubiéramos deseado tener.
Y cuando aprendemos a valorar, dejamos de vivir comparándonos.
Porque la comparación es otra forma de alimentar la carencia.
Siempre habrá alguien con una casa más grande, un automóvil más nuevo, más dinero, más viajes o más cosas materiales.
Pero también habrá alguien que daría mucho por tener aquello que nosotros damos por hecho.
La gratitud no significa conformarnos.
Podemos agradecer lo que tenemos y al mismo tiempo trabajar por lo que queremos conseguir.
Podemos decir:
“Estoy agradecido por lo que tengo, pero todavía tengo sueños por alcanzar.”
Eso es muy diferente a vivir pensando que nuestra vida nunca será suficiente.
Y quizá esa sea la verdadera abundancia: no tenerlo todo, sino aprender a reconocer el valor de lo que tenemos mientras seguimos construyendo lo que deseamos.
Por eso, cuidemos nuestras palabras.
Cuidemos nuestros pensamientos.
Cuidemos las conversaciones que permitimos que ocupen nuestra mente.
No hagamos de la queja una costumbre.
No hagamos de la escasez una identidad.
Y, sobre todo, no dejemos que alguien más nos convenza de que no existen oportunidades solamente porque esa persona dejó de verlas.
No mermes tu abundancia mirando únicamente lo que te falta. Aprende a reconocer lo que tienes, agradece, trabaja por tus sueños y rodéate de personas que te impulsen a crecer. Aléjate de la queja constante sin dejar de ser solidario con quien atraviesa una dificultad. Porque abundancia no es tenerlo todo; también es saber valorar, compartir y descubrir posibilidades aun cuando la vida nos presenta obstáculos… ¿no cree usted?
