Ama el agua, aprende a nadar y lo disfrutarás
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Y si aquello que hoy te provoca miedo pudiera convertirse mañana en una de las cosas que más disfrutas?
El agua tiene algo especial.
Nos atrae, nos refresca, nos permite jugar, descansar y disfrutar, pero también puede provocarnos temor cuando no sabemos cómo desenvolvernos en ella.
Y quizá por eso aprender a nadar sea mucho más que aprender a mover brazos y piernas.
Es aprender a confiar en nosotros mismos.
Hay personas que desde pequeñas disfrutan entrar al agua, mientras que otras sienten miedo incluso de meter los pies.
Y no debemos burlarnos de ese temor.
El miedo es una reacción natural ante aquello que no conocemos o que sentimos que no podemos controlar.
Pero hay miedos que, con paciencia y aprendizaje, podemos transformar.
Aprender a nadar es uno de ellos.
Cuando una persona aprende a mantenerse a flote, descubre algo maravilloso: el agua deja de ser un enemigo y comienza a convertirse en un espacio de libertad.
Ya no entramos con miedo.
Entramos con confianza.
Podemos disfrutar una alberca, el mar, un río o simplemente pasar un buen momento con la familia sabiendo que tenemos una herramienta fundamental para nuestra seguridad.
Por eso sería maravilloso que todos, desde pequeños, tuviéramos la oportunidad de aprender a nadar.
No solamente por diversión.
También por seguridad.
Saber nadar puede ser una habilidad muy importante durante toda la vida, especialmente cuando convivimos con el agua en vacaciones, en una alberca o cerca del mar.
Pero aprender a nadar también nos deja una enseñanza que podemos llevar fuera del agua.
Muchas veces nos encontramos frente a situaciones que nos parecen imposibles porque nunca las hemos intentado.
Decimos:
“Yo no puedo.”
“Eso no es para mí.”
“Me da miedo.”
“Nunca voy a aprender.”
Y quizá el problema no sea que no podamos.
Quizá simplemente todavía no hemos aprendido.
Hay una enorme diferencia.
Nadie nace sabiendo nadar.
Primero necesitamos aprender a respirar, a flotar, a movernos y a confiar.
Después llega la práctica.
Y un día descubrimos que aquello que parecía imposible ya forma parte de nosotros.
Así sucede con muchas cosas de la vida.
Aprendemos poco a poco.
Nos equivocamos.
Tragamos un poco de agua, nos asustamos, salimos y volvemos a intentarlo.
Hasta que llega el momento en que nuestro cuerpo entiende lo que nuestra mente antes consideraba imposible.
Por eso no debemos avergonzarnos de no saber hacer algo.
Debemos preocuparnos cuando dejamos que el miedo nos impida aprender.
También es importante entender que amar el agua no significa perderle el respeto.
El agua puede ser maravillosa, pero requiere precaución.
Nunca debemos confiar únicamente en saber nadar. Hay que respetar las condiciones del lugar, atender las indicaciones de seguridad y mantener especial cuidado con los niños.
Porque disfrutar también significa hacerlo responsablemente.
Y qué bonito sería que nuestros hijos aprendieran ambas cosas: a disfrutar el agua y a respetarla.
Que descubran que nadar puede ser ejercicio, diversión, relajación y una experiencia para compartir.
Que puedan sentir esa maravillosa sensación de dejarse llevar por el agua, mover el cuerpo y descubrir que son capaces de mantenerse a flote.
Quizá muchos adultos también tengamos una asignatura pendiente.
Tal vez nunca aprendimos porque alguien nos dijo que era demasiado tarde.
Pero para aprender algo nuevo no existe una edad determinada.
Si tenemos la oportunidad, podemos comenzar.
Con un instructor.
Con paciencia.
Sin compararnos.
Sin sentir vergüenza.
Cada persona tiene su propio ritmo.
Y quizá cuando finalmente logremos nadar unos metros sin ayuda, descubramos que no solamente aprendimos a movernos en el agua.
También aprendimos a vencer una barrera que durante años creímos imposible.
Porque la vida está llena de aguas desconocidas.
Nuevos trabajos.
Nuevos proyectos.
Nuevas relaciones.
Nuevas etapas.
Y muchas veces nos quedamos en la orilla mirando cómo otros disfrutan porque tenemos miedo de entrar.
Pero quizá lo único que necesitamos es aprender.
Prepararnos.
Pedir ayuda.
Y atrevernos.
Ama el agua, pero respétala. Aprende a nadar y descubre la libertad de sentirte seguro dentro de ella. Y si llevas años pensando que ya es tarde para aprender, recuerda que nunca es tarde para adquirir una habilidad que puede darte seguridad, salud y momentos maravillosos. A veces la vida nos invita a entrar al agua y nosotros seguimos sentados en la orilla por miedo; atrévete a dar el primer paso, aprende, disfruta y descubre todo lo que te estabas perdiendo… ¿no cree usted?
