Festeja tus proyectos hasta que sean una realidad
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Alguna vez has contado un proyecto con tanta ilusión que, después de hablar de él, pareciera que perdió fuerza?
A veces tenemos un sueño, una idea, un negocio, un viaje, un libro, un cambio de vida o una meta que apenas comienza a tomar forma y sentimos la necesidad de contárselo a todos.
Nos emociona imaginar lo que será.
Lo platicamos.
Lo celebramos antes de tiempo.
Y hasta comenzamos a vivir mentalmente una realidad que todavía no existe.
Pero hay algo que debemos aprender: no todos nuestros proyectos necesitan ser anunciados antes de convertirse en realidad.
Hay sueños que necesitan silencio.
No porque debamos esconderlos, sino porque necesitan tiempo para crecer.
Una semilla no se desentierra todos los días para comprobar si está creciendo.
Se siembra, se riega, se cuida y se espera.
Así también son nuestros proyectos.
Hay que trabajar en ellos, alimentarlos con disciplina y protegerlos de aquellas opiniones que pueden hacernos dudar antes de haberlo intentado.
Porque cuando contamos un proyecto, aparecen las opiniones.
“Eso está muy difícil.”
“No creo que funcione.”
“Ya hay muchos haciendo lo mismo.”
”¿Y si fracasas?”
“Yo conozco a alguien que lo intentó y no pudo.”
Y aunque algunas personas pueden hablar desde su experiencia o incluso desde una buena intención, escuchar demasiadas voces puede hacernos olvidar por qué comenzamos.
También existe algo más delicado: no todas las personas que escuchan nuestros sueños desean verlos cumplidos.
Hay quienes sienten alegría por nuestros logros y hay quienes, consciente o inconscientemente, prefieren que no avancemos.
Por eso debemos aprender a elegir con quién compartimos nuestros planes.
No todo el mundo necesita conocer nuestro siguiente movimiento.
No todo proyecto necesita aplausos anticipados.
A veces la mejor manera de festejar un sueño es trabajar en silencio hasta que llegue el día de mostrarlo.
Imagínese lo hermoso que es poder decir:
“Lo logré.”
Sin haber tenido que explicar cada paso.
Sin haber respondido a cada duda.
Sin haber demostrado nada antes de tiempo.
Porque cuando hablamos demasiado de lo que vamos a hacer, podemos sentir una satisfacción anticipada que nos hace creer que ya avanzamos, cuando en realidad apenas estamos comenzando.
Es muy fácil decir:
“Voy a escribir un libro.”
Lo difícil es sentarse todos los días a escribir.
Es fácil decir:
“Voy a comenzar un negocio.”
Lo difícil es investigar, ahorrar, organizarse, equivocarse y volver a intentarlo.
Es fácil decir:
“Voy a cambiar mi vida.”
Lo difícil es cambiar hábitos.
Por eso, menos anuncios y más acciones.
Menos promesas y más trabajo.
Menos explicaciones y más resultados.
No se trata de dejar de compartir nuestras alegrías.
Al contrario.
Cuando un proyecto se convierte en realidad, compartirlo con quienes verdaderamente nos quieren puede ser maravilloso.
La diferencia está en cuándo y con quién celebramos.
Hay personas que merecen conocer nuestros sueños porque nos impulsan.
Hay otras que solamente necesitan conocer nuestros resultados.
Y eso también es aprender a poner límites.
No debemos permitir que la opinión ajena tenga más poder que nuestra propia convicción.
Si creemos en algo, trabajemos por ello.
Si queremos emprender, preparémonos.
Si queremos estudiar, comencemos.
Si queremos escribir, tomemos una hoja.
Si queremos viajar, hagamos un plan.
Si queremos cambiar, demos el primer paso.
Pero no esperemos que todo el mundo entienda lo que todavía nosotros estamos construyendo.
Hay sueños que necesitan discreción porque todavía son frágiles.
Y cuando algo es importante para nosotros, debemos protegerlo.
No de la gente, sino de nuestras propias dudas.
Porque también nosotros podemos convertirnos en nuestros mayores saboteadores.
Podemos pensar que no somos capaces.
Que ya es tarde.
Que no tenemos suficiente experiencia.
Que otros lo hacen mejor.
Que quizá no vale la pena intentarlo.
Y mientras pensamos todo eso, el tiempo sigue pasando.
Por eso, si existe un proyecto que realmente desea realizar, comience.
No espere a tener todas las condiciones perfectas.
Organícese.
Prepárese.
Trabaje.
Corrija.
Insista.
Y celebre cada pequeño avance, aunque sea en silencio.
Porque cada paso merece reconocimiento.
Pero guarde la gran celebración para el día en que pueda mirar hacia atrás y decir:
“Todo aquello que un día solamente imaginé, hoy es una realidad.”
Ese momento tendrá un sabor diferente.
Será la recompensa de haber creído cuando todavía nadie veía el resultado.
Festeja tus proyectos, pero no necesariamente con palabras. Festeja trabajando, avanzando, aprendiendo y cuidando aquello que sueñas. No todos necesitan conocer tus planes; algunos solamente merecen conocer tus resultados. Porque hay sueños que crecen mejor lejos del ruido, hasta que llega el momento de decir con orgullo: “Lo hice realidad”… ¿no cree usted?
