Aceptar la diversidad sin juzgar
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿En qué momento comenzamos a creer que tenemos derecho a juzgar la vida de los demás?
Vivimos en un siglo diferente, en una sociedad que ha cambiado, que ha evolucionado y en la que existen distintas formas de pensar, de vivir, de amar y de construir una familia.
Sin embargo, aunque hablamos mucho de libertad, respeto y tolerancia, todavía nos cuesta trabajo aceptar aquello que es diferente a nosotros.
Queremos libertad para decidir sobre nuestra propia vida, pero algunas veces pretendemos decidir cómo deberían vivir los demás.
Y ahí comienza la contradicción.
Cada persona tiene una historia, una educación, experiencias, necesidades y sueños distintos. Lo que para alguien puede ser normal, para otra persona puede resultar completamente desconocido.
Pero que algo sea diferente no significa que esté mal.
Hoy podemos encontrar parejas de distintas edades, personas que deciden vivir solas, familias diferentes a las que conocimos cuando éramos niños, personas que vuelven a enamorarse después de los 50, 60 o 70 años, parejas que deciden no casarse, matrimonios que deciden no tener hijos y personas que simplemente eligen una manera de vivir que les permite sentirse felices.
¿Y quiénes somos nosotros para juzgar?
La edad tampoco debería convertirse en una sentencia.
¿Por qué pensamos que después de determinada edad ya no se puede comenzar de nuevo?
¿Por qué creemos que enamorarse tiene fecha de caducidad?
¿Por qué una mujer o un hombre deben renunciar a sus sueños simplemente porque los años han pasado?
La vida no termina cuando cumplimos años.
Al contrario, cada etapa puede traer nuevas oportunidades.
Una persona mayor puede volver a estudiar, viajar, emprender, enamorarse, bailar, vestirse como quiera, hacer nuevos amigos o simplemente decidir vivir de una manera diferente.
Y merece el mismo respeto que cualquier otra persona.
También debemos aprender a distinguir entre respetar y estar de acuerdo.
No tenemos que pensar igual que los demás para tratarlos con dignidad.
No tenemos que compartir sus decisiones para respetarlas.
No tenemos que vivir como ellos para comprender que tienen derecho a elegir su propio camino.
La diversidad existe y seguirá existiendo.
Está en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestros trabajos, en nuestros barrios y en nuestra sociedad.
Y nuestros hijos están creciendo en un mundo donde las diferencias son cada vez más visibles.
¿Qué queremos enseñarles?
¿A señalar?
¿A burlarse?
¿A criticar?
¿O a escuchar, comprender y respetar?
Porque la tolerancia también se educa.
Se enseña con el ejemplo.
Cuando un niño escucha a sus padres burlarse de una pareja por su diferencia de edad, aprende que esa diferencia es motivo de crítica.
Cuando escucha comentarios despectivos sobre alguien que vive de una manera distinta, aprende a juzgar.
Pero cuando ve a sus padres respetar a los demás aunque no compartan sus decisiones, aprende algo mucho más valioso: que la dignidad no depende de pensar igual.
También debemos tener cuidado con las palabras.
Un comentario que para nosotros puede parecer una simple opinión puede convertirse en una herida para otra persona.
”¿A tu edad todavía?”
”¿Cómo puedes estar con alguien así?”
“Eso no es normal.”
”¿Qué va a decir la gente?”
Son frases que muchas veces esconden más prejuicio que preocupación.
Y quizá deberíamos preguntarnos antes de pronunciarlas:
¿Realmente me corresponde opinar?
Porque existe una gran diferencia entre preocuparse por alguien y querer controlar su vida.
Si una persona no está haciendo daño a nadie, ¿por qué tendría que vivir de acuerdo con nuestras expectativas?
La convivencia requiere límites, por supuesto. La libertad nunca debe utilizarse como excusa para dañar, violentar o vulnerar los derechos de otra persona.
Pero mientras las decisiones sean tomadas libremente entre adultos y dentro del respeto, debemos aprender a no convertir nuestras preferencias personales en reglas universales.
Cada quien lleva su propia historia.
Cada quien sabe sus batallas.
Cada quien conoce sus necesidades.
Y muchas veces juzgamos una vida de la que solamente conocemos unos cuantos minutos.
Por eso, antes de criticar, sería bueno mirar hacia nosotros mismos.
Tal vez descubramos que también hemos tomado decisiones que otros no comprendieron.
Tal vez también hemos sido juzgados.
Y seguramente no nos gustó.
La sociedad no necesita que todos pensemos igual.
Necesita que aprendamos a convivir con nuestras diferencias.
Porque la diversidad no debería dividirnos; debería enseñarnos que existen muchas maneras de construir una vida digna y feliz.
Aceptar la diversidad no significa renunciar a nuestros valores ni pensar igual que los demás. Significa entender que nuestra forma de vivir no es la única forma correcta de vivir. En este siglo de libertades, aprendamos a respetar las decisiones ajenas, sin importar la edad, la forma de amar o el estilo de vida. Porque quizá la verdadera evolución de una sociedad comienza cuando dejamos de preguntar “¿qué va a decir la gente?” y empezamos a preguntarnos “¿estamos aprendiendo a respetarnos?”… ¿no cree usted?
