Si no tienes nada bueno que decir… mejor no digas nada
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay personas que parecen tener un talento especial para encontrar aquello que más nos incomoda y señalarlo justo en el momento en que más puede dolernos.
Si tenemos sobrepeso, lo mencionan.
Si tenemos una cicatriz, preguntan por ella.
Si cometimos un error, lo recuerdan.
Si tenemos alguna inseguridad, parecen empeñados en ponerla frente a todos.
Y lo más curioso es que muchas veces no lo hacen para ayudarnos, sino simplemente para lastimar.
Todos conocemos esa sensación de tener una pequeña espinilla en el rostro. Nosotros sabemos que está ahí, quizá hasta intentamos ocultarla, pero llega alguien y nos dice:
”¿Qué te pasó en la cara?”
Y de pronto aquello que ya sabíamos se convierte en el centro de nuestra atención.
Así sucede con muchas cosas en la vida.
Hay personas que conocen nuestras inseguridades y, en lugar de respetarlas, las utilizan como armas.
Por eso debemos aprender también a poner límites.
Un límite no significa pelear, insultar o responder con la misma agresividad.
Significa decir con tranquilidad:
“Ese comentario me incomoda y te pido que no vuelvas a hablarme de esa manera.”
Si la persona continúa:
“Ya te dije que ese tema no quiero hablarlo. Te pido que respetes mi decisión.”
Y si aun así insiste, tenemos otra alternativa: alejarnos.
No estamos obligados a permanecer cerca de alguien que constantemente nos humilla, nos ridiculiza o utiliza nuestras inseguridades para hacernos sentir menos.
A veces el límite más sano no es una discusión, sino tomar distancia.
También debemos aprender a no justificar permanentemente nuestro aspecto, nuestras decisiones o nuestra vida.
No tenemos que responder cada pregunta.
No tenemos que explicar cada decisión.
Y mucho menos tenemos que demostrar nuestro valor ante alguien que ya decidió no respetarnos.
Pero también debemos mirarnos a nosotros mismos.
Antes de hablar de alguien, preguntémonos:
¿Lo que voy a decir ayuda o solamente lastima?
Porque decir la verdad no significa tener permiso para ser cruel.
Se puede corregir sin humillar.
Se puede aconsejar sin ofender.
Se puede expresar una opinión sin destruir la autoestima de otra persona.
Y si sabemos que alguien está pasando por una situación difícil, quizá lo más humano sea guardar silencio.
Vivimos en una época en la que muchas personas opinan sobre el cuerpo, la vida, las decisiones y los problemas de los demás como si tuvieran derecho a hacerlo.
Pero nadie conoce completamente la batalla que está librando la persona que tiene enfrente.
Quizá esa persona ya está luchando por aceptarse.
Quizá está tratando de recuperar su autoestima.
Quizá está atravesando un problema que nosotros desconocemos.
Entonces, ¿para qué agregar una herida más?
Hay palabras que se las lleva el viento y otras que se quedan durante años.
Un comentario hecho en cinco segundos puede permanecer en la memoria de alguien durante mucho tiempo.
Por eso, antes de hablar, pensemos.
Si podemos ayudar, ayudemos.
Si podemos construir, construyamos.
Si podemos dar una palabra de aliento, hagámoslo.
Y si lo único que tenemos para decir es algo que sabemos que va a herir, quizá sea mejor guardar silencio.
Eso también es educación.
Eso también es empatía.
Eso también es respeto.
Y cuando alguien insiste en lastimarnos, recordemos algo fundamental: poner límites no nos hace personas malas, nos hace personas que aprendieron a respetarse.
No podemos controlar lo que otros dicen, pero sí podemos decidir cuánto espacio ocupan sus palabras en nuestra vida.
No necesitamos señalar las heridas de los demás para sentirnos superiores. Si una persona ya sabe que tiene una “espinilla”, no necesitamos hundir el dedo en ella. Aprendamos a hablar para sanar, no para lastimar; y cuando alguien no entiende con palabras, aprendamos a poner límites y alejarnos sin culpa. Porque respetar a los demás es importante, pero aprender a respetarnos a nosotros mismos también lo es… no cree usted?
