Cuando el cielo reclama a un ser querido
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay despedidas para las que nunca estamos preparados.
La muerte de un ser querido siempre duele, pero cuando se trata de alguien que se va de manera inesperada, el impacto puede ser todavía más profundo.
Un día está con nosotros.
Hablamos.
Reímos.
Hacemos planes.
Y al siguiente, recibimos una noticia que parece imposible de comprender.
El teléfono suena y el mundo cambia.
La mente se niega a aceptar lo ocurrido.
El corazón pregunta por qué.
Y aparecen recuerdos de aquella última conversación, aquel último abrazo, aquella llamada que quizá no imaginábamos que sería la última.
Cuando perdemos a un amigo o amiga de manera inesperada, no solamente perdemos a una persona; perdemos también una parte de nuestra propia historia.
Se van las conversaciones compartidas.
Las anécdotas.
Las complicidades.
Los momentos que solamente nosotros entendíamos.
Y comienza un proceso para el que no existe un calendario.
El duelo no tiene una duración determinada.
Cada persona lo vive de manera diferente.
Hay quienes lloran.
Otros permanecen en silencio.
Algunos necesitan hablar constantemente de quien partió y otros prefieren guardar sus recuerdos en lo más profundo del corazón.
No existe una manera correcta de sentir el dolor.
Pero sí debemos aprender, poco a poco, a aceptar una realidad que no podemos cambiar.
Dejar ir no significa olvidar.
Esta es quizá una de las partes más difíciles de comprender.
Pensamos que si comenzamos a reír nuevamente estamos traicionando a quien murió.
Que si volvemos a disfrutar, estamos dejando atrás su recuerdo.
Y no es así.
Podemos llorar y después sonreír.
Podemos extrañar y continuar viviendo.
Podemos recordar con tristeza y, con el tiempo, también con gratitud.
Porque una persona que fue importante para nosotros no desaparece completamente.
Permanece en las historias que contamos.
En las fotografías.
En las enseñanzas.
En una canción.
En un lugar.
En una frase que solía decir.
Y, sobre todo, permanece en aquello que dejó en nuestro corazón.
Cuando el cielo reclama a alguien que amamos, no podemos detener el tiempo.
No podemos regresar aquella conversación.
No podemos pedir otro abrazo.
Pero sí podemos honrar su vida viviendo la nuestra.
Seguir adelante no significa cerrar una puerta y olvidarnos de quien estaba detrás.
Significa aprender a caminar llevando su recuerdo de una manera diferente.
Al principio el recuerdo puede doler.
Después quizá provoque una sonrisa.
Y algún día podremos hablar de esa persona sin que las lágrimas sean lo primero que aparezca.
Ese día no significará que dejamos de extrañarla.
Significará que aprendimos a convivir con su ausencia.
Por eso, mientras tengamos a nuestros seres queridos, digámosles lo que sentimos.
Abracemos.
Visitemos.
Perdonemos.
No dejemos para después ese “te quiero”, ese “gracias” o ese “qué bueno que estás en mi vida”.
Porque nadie sabe cuándo una conversación será la última.
Y cuando llegue el momento inevitable de despedirnos, quedará la tranquilidad de haber amado mientras tuvimos la oportunidad.
Dejar ir a quien amamos no significa soltar su recuerdo; significa permitir que su ausencia deje de ser únicamente dolor y se convierta también en gratitud por haber compartido parte de nuestra vida. El tiempo no borra a quienes amamos, nos enseña a recordarlos de otra manera… no cree usted?
