La dulzura de la vida
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿En qué momento dejamos de disfrutar las cosas sencillas?
A veces estamos tan ocupados buscando lo que nos falta que olvidamos mirar todo aquello que ya tenemos.
La dulzura de la vida no siempre está en los grandes acontecimientos.
Está en despertar y saber que tenemos un nuevo día.
En el aroma del café por la mañana.
En una conversación con alguien que queremos.
En la risa de un niño.
En una llamada inesperada.
En una canción que nos trae un bonito recuerdo.
En un abrazo que llega justo cuando lo necesitamos.
En sentarnos frente a una ventana y contemplar cómo cambia el cielo.
La vida también tiene momentos amargos. Hay pérdidas, enfermedades, decepciones, problemas económicos, despedidas y días en los que parece que nada sale bien.
Pero incluso en medio de las dificultades podemos encontrar pequeños espacios de felicidad.
No se trata de fingir que todo está bien.
Se trata de no permitir que aquello que está mal nos haga olvidar todo lo que todavía está bien.
¿Cuántas veces esperamos una ocasión especial para utilizar esa vajilla que guardamos?
¿Para estrenar una ropa?
¿Para preparar nuestra comida favorita?
¿Para visitar a alguien?
¿Para decir “te quiero”?
Y mientras esperamos el momento perfecto, los días pasan.
La dulzura de la vida también consiste en aprender a celebrar sin necesitar una gran razón.
Celebremos que estamos juntos.
Que tenemos amigos.
Que podemos caminar.
Que podemos escuchar música.
Que podemos aprender.
Que podemos reír.
Que podemos volver a empezar.
No necesitamos una vida perfecta para ser felices.
Necesitamos aprender a reconocer los momentos imperfectos que, sin darnos cuenta, pueden convertirse en nuestros recuerdos más queridos.
Un día entenderemos que aquella tarde sencilla en familia era precisamente uno de los momentos que más extrañaríamos.
Que aquella comida sin celebración era una fiesta.
Que aquella conversación que parecía cotidiana era un tesoro.
Por eso no esperemos a perder algo para descubrir su valor.
Abracemos mientras podemos.
Digamos “te quiero” mientras nos escuchan.
Visitemos mientras podemos caminar hasta esa puerta.
Riamos mientras tenemos motivos.
Y disfrutemos el presente, porque el presente es el único momento de nuestra vida que realmente podemos tocar.
La dulzura está en aprender a saborear la existencia.
Despacio.
Sin tanta prisa.
Sin compararnos.
Sin vivir pendientes de lo que tienen los demás.
Agradeciendo lo nuestro.
Porque quizá la felicidad que estamos buscando no está en algún lugar lejano.
Quizá está sentada junto a nosotros.
La vida no necesita ser perfecta para ser dulce; basta con aprender a saborear sus pequeños momentos, agradecer lo que tenemos y comprender que muchas veces la felicidad no llega con grandes regalos, sino disfrazada de cosas sencillas que ocurren todos los días… solo tenemos que aprender a reconocerlas… no cree usted?
