Cuando los padres no aceptan que sus hijos tienen una barrera de aprendizaje
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay una realidad que debemos mirar de frente: no todos los niños aprenden de la misma manera.
Desde el jardín de niños, algunos maestros comienzan a observar situaciones que llaman su atención. Un pequeño que no logra comunicarse como sus compañeros, que tiene dificultad para seguir determinadas instrucciones, que presenta problemas para relacionarse, que se distrae constantemente o que necesita más tiempo y otras estrategias para aprender.
En primaria y secundaria también pueden aparecer señales que requieren atención.
Y aquí comienza, muchas veces, una de las mayores dificultades: cuando los padres se niegan a aceptar que su hijo necesita ser evaluado.
¿Por qué?
Porque reconocer que existe una barrera de aprendizaje puede generar miedo, preocupación o incluso culpa.
Algunos padres piensan:
“Mi hijo no tiene nada.”
“Ya se le va a pasar.”
“El maestro exagera.”
“En nuestra familia nadie ha tenido ese problema.”
Y mientras los adultos niegan la situación, el niño continúa enfrentándose todos los días a dificultades que no comprende.
Es importante aclarar algo: una evaluación no significa ponerle una etiqueta a un niño.
Significa buscar respuestas.
Cuando un maestro recomienda acudir con un especialista, no necesariamente está diciendo que el alumno tenga una enfermedad. Está señalando que ha observado algo que merece ser comprendido para encontrar la mejor manera de apoyarlo.
En algunos casos puede existir una dificultad específica de aprendizaje, problemas de lenguaje, atención, comunicación, desarrollo u otras condiciones que requieren estrategias particulares.
Y cuando existe una condición del espectro autista, por ejemplo, aceptar el diagnóstico puede ser todavía más difícil para algunas familias.
Pero negarlo no hace que desaparezca.
Por el contrario, puede retrasar la intervención y privar al niño de herramientas que podrían ayudarlo a comunicarse, aprender, relacionarse y desarrollar todo su potencial.
Un diagnóstico no define a una persona.
No determina hasta dónde llegará.
No elimina sus talentos.
No significa que no pueda estudiar, trabajar, formar una familia, tener sueños y alcanzar metas.
Significa que necesitamos conocer mejor sus necesidades para acompañarlo de la manera adecuada.
También debemos dejar de comparar.
“El hijo de mi vecino habla perfectamente.”
“Su hermano nunca tuvo problemas.”
“A mí me educaron igual y salí adelante.”
Cada niño tiene su propio ritmo, sus características y sus necesidades.
Lo que funciona para uno puede no funcionar para otro.
Y aquí los maestros tienen un papel fundamental, porque son quienes conviven diariamente con muchos alumnos y pueden detectar cambios o comportamientos que quizá en casa pasan inadvertidos.
Pero el maestro tampoco puede hacerlo todo.
La escuela observa, orienta y acompaña; la familia tiene que escuchar, participar y dar seguimiento.
No se trata de buscar culpables.
Se trata de formar un equipo alrededor del niño.
Padres, maestros y especialistas deben caminar en la misma dirección.
Porque cuando la familia acepta que su hijo necesita apoyo, no está reconociendo una derrota.
Está demostrando amor.
Está diciendo:
“Quiero entenderte para ayudarte.”
Y qué diferente puede ser la vida de un niño cuando deja de sentirse incomprendido y comienza a recibir las herramientas que necesita.
Quizá aquel pequeño que parecía distraído necesitaba otra forma de aprender.
Quizá aquel adolescente que parecía rebelde estaba enfrentando una dificultad que nadie había entendido.
Quizá aquel alumno que parecía vivir en su propio mundo necesitaba que los adultos aprendieran a comunicarse con él de otra manera.
No esperemos a que el fracaso escolar, el aislamiento o la baja autoestima sean los que nos obliguen a reaccionar.
Escuchar a un maestro no significa aceptar ciegamente un diagnóstico; significa tener la humildad de investigar.
Si existe una preocupación, evaluemos.
Si existe un diagnóstico, informémonos.
Si se recomienda seguimiento, demos seguimiento.
Y si necesitamos una segunda opinión profesional, busquémosla.
Lo que no debemos hacer es cerrar los ojos por miedo a lo que podamos descubrir.
Porque el diagnóstico no es el final de un camino.
Muchas veces es el comienzo de uno mucho mejor.
Un niño no necesita padres que nieguen sus dificultades para protegerlo; necesita padres valientes que las reconozcan para ayudarlo a superarlas. Aceptar una barrera de aprendizaje no es ponerle un límite a nuestros hijos, es abrirles una puerta para que puedan demostrar hasta dónde son capaces de llegar… no cree usted?
