Cuando los hijos se van
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Dicen que los hijos son un regalo prestado por el Gran Arquitecto del Universo. Llegan a nuestras vidas para llenarlas de amor, de desvelos, de preocupaciones y de alegrías. Crecen entre nuestros brazos, aprendemos junto a ellos y, sin darnos cuenta, un día ya no son aquellos pequeños que corrían por la casa buscando refugio en un abrazo.
Los padres sabemos que ese momento llegará.
Algunos se marcharán porque formarán una familia.
Otros porque fueron aceptados en una universidad lejos de casa.
Muchos más encontrarán una oportunidad de trabajo en otra ciudad o incluso en otro país.
Y aunque sabemos que ese es el curso natural de la vida, el silencio que queda en casa suele doler.
De pronto ya no se escucha el ruido de sus pasos.
La habitación permanece ordenada.
La mesa tiene un lugar vacío.
Las conversaciones disminuyen.
Y el reloj parece avanzar más despacio.
Es el llamado síndrome del nido vacío, una etapa que viven muchos padres cuando los hijos emprenden su propio camino. Es una mezcla de orgullo y nostalgia. Orgullo porque lograron formar personas capaces de enfrentar la vida. Nostalgia porque la rutina familiar cambia para siempre.
Sin embargo, el verdadero amor también consiste en aprender a soltar.
Los hijos no nacieron para quedarse siempre bajo nuestro techo.
Nacieron para construir su propia historia.
Para equivocarse.
Para aprender.
Para descubrir el mundo con sus propias decisiones.
Como padres, nuestra misión no es retenerlos, sino darles raíces tan fuertes que nunca olviden de dónde vienen y alas lo suficientemente grandes para que puedan llegar tan lejos como sus sueños se los permitan.
Eso no significa desaparecer de sus vidas.
Al contrario.
Debemos hacerles saber que siempre habrá una casa donde serán bienvenidos.
Un abrazo que los espera.
Una llamada que responderá.
Un consejo cuando lo necesiten.
Y un amor que jamás cambiará con la distancia.
También es momento de que los padres vuelvan a encontrarse consigo mismos.
De retomar pasatiempos.
De viajar.
De fortalecer la relación de pareja.
De convivir con amigos.
De aprender algo nuevo.
Porque la vida no termina cuando los hijos se van; simplemente comienza una etapa diferente.
Ellos seguirán necesitando nuestro cariño, aunque ya no nos pidan permiso para salir.
Seguirán buscando nuestra voz cuando enfrenten un problema.
Seguirán siendo nuestros hijos, aunque ahora tengan su propia familia o vivan a cientos de kilómetros.
El cordón umbilical se corta al nacer.
El cordón del amor nunca.
Por eso, cuando llegue el momento de despedirlos, no lo haga con tristeza, sino con la satisfacción de haber cumplido una de las misiones más hermosas de la vida: formar seres humanos capaces de caminar con sus propios pasos.
Y cuando regresen, aunque sea por unas horas, recíbalos con el mismo abrazo con el que un día los vio partir.
Los hijos no son nuestros para siempre; son un préstamo de la vida. Nuestra tarea no es impedirles volar, sino enseñarles el camino de regreso, para que siempre sepan que, sin importar la distancia, habrá un hogar y unos padres esperándolos con los brazos abiertos… no cree usted?
