Desenterrando a mi niño interior
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Recuerda cuándo fue la última vez que rió hasta que le doliera el estómago?
¿La última ocasión en que jugó sin preocuparse por el reloj, hizo una broma espontánea o simplemente se permitió disfrutar el momento sin pensar en las responsabilidades del día siguiente?
Con el paso de los años nos convertimos en adultos. Trabajamos, pagamos cuentas, resolvemos problemas, educamos hijos, cuidamos a nuestros padres y enfrentamos las exigencias de una vida que parece no detenerse.
Y, sin darnos cuenta, comenzamos a enterrar a ese niño que un día fuimos.
Ese niño que soñaba sin límites.
Que encontraba diversión en las cosas más sencillas.
Que era capaz de convertir una tarde cualquiera en una gran aventura.
Que reía con facilidad y no tenía miedo de hacer el ridículo.
Con frecuencia confundimos la madurez con la seriedad permanente.
Creemos que ser adultos significa dejar de jugar, de cantar, de bailar, de sorprendernos o de emocionarnos como cuando éramos pequeños.
Pero la verdadera madurez no consiste en apagar la alegría.
Consiste en aprender a conservarla a pesar de las dificultades.
Todos llevamos un niño interior que necesita salir de vez en cuando.
Es el que disfruta un helado sin culpa.
El que corre bajo la lluvia.
El que arma un rompecabezas con los nietos.
El que canta mientras conduce.
El que cuenta chistes en una reunión familiar.
El que aún se emociona al ver un atardecer o al recibir un abrazo sincero.
Cuando olvidamos a ese niño, la vida se vuelve pesada.
Todo parece una obligación.
Todo genera estrés.
Todo se convierte en rutina.
Y poco a poco dejamos de disfrutar los pequeños milagros que ocurren cada día.
No se trata de actuar con inmadurez ni de escapar de nuestras responsabilidades.
Se trata de permitirnos momentos de alegría.
De volver a sonreír sin motivo.
De jugar con nuestros hijos o nietos sin mirar el teléfono.
De aprender algo nuevo.
De reírnos de nosotros mismos cuando cometemos un error.
Porque la risa también sana.
El juego fortalece los vínculos familiares.
La imaginación mantiene viva la creatividad.
Y la capacidad de asombro nos recuerda que todavía hay mucho por descubrir.
No permita que las preocupaciones entierren a la persona alegre que vive dentro de usted.
Aliméntela.
Escúchela.
Déjela salir de vez en cuando.
Verá que la vida pesa menos cuando el corazón conserva la capacidad de jugar.
Los años pueden llenar de canas nuestro cabello, pero nunca deberían envejecer nuestra ilusión de vivir.
Nunca permita que las obligaciones entierren al niño que vive en su interior; porque mientras conserve la capacidad de reír, de soñar y de maravillarse con la vida, siempre habrá una razón para ser feliz… no cree usted?
