El testamento: un acto de amor y responsabilidad
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay temas que muchas personas prefieren evitar porque les recuerdan que la vida tiene un final. Sin embargo, ignorarlos no los hace desaparecer. Uno de ellos es el testamento.
Con frecuencia escuchamos a personas decir: “No tengo mucho que heredar” o “Mis hijos ya saben cómo quiero que se repartan las cosas”. Pero la realidad demuestra que los acuerdos de palabra suelen desaparecer cuando surgen los conflictos.
No importa si una persona posee una gran fortuna o una casa modesta. Lo importante es dejar claridad sobre el destino de los bienes que con tanto esfuerzo logró reunir durante su vida.
Por desgracia, una de las causas más comunes de conflictos familiares es precisamente la casa paterna.
Ese hogar donde crecieron los hijos, donde se celebraron cumpleaños, navidades y reuniones familiares, muchas veces termina convirtiéndose en motivo de discusiones, resentimientos y distanciamientos entre hermanos.
Algunos consideran que merecen una parte mayor. Otros creen que tienen más derechos por haber cuidado a sus padres. También existen quienes desean vender la propiedad mientras otros quieren conservarla. Y cuando no existe un testamento, las diferencias pueden prolongarse durante años.
Además del desgaste emocional, aparecen los problemas legales.
Cuando una propiedad queda intestada, es decir, sin testamento, los trámites suelen ser más largos, más complejos y más costosos. Los herederos deben realizar procedimientos legales para acreditar sus derechos, reunir documentos y cumplir requisitos que pudieron haberse simplificado con una adecuada planeación.
Y algo que pocas personas consideran es que los costos notariales y legales suelen incrementarse cuando se necesita resolver una sucesión intestamentaria.
Lo que pudo resolverse de manera sencilla termina convirtiéndose en un proceso lento y caro.
Por eso hacer un testamento no es un acto de desconfianza hacia la familia.
Es un acto de responsabilidad.
Es una manera de evitar problemas a quienes más queremos.
También es importante que los padres reflexionen cuidadosamente sobre la distribución de sus bienes. Las decisiones tomadas en momentos de enojo, favoritismo o presión pueden generar heridas familiares difíciles de sanar.
Lo ideal es actuar con justicia, serenidad y plena conciencia de las consecuencias.
Un testamento bien elaborado brinda tranquilidad.
Permite que la voluntad de una persona sea respetada.
Y evita que los seres queridos tengan que enfrentar conflictos innecesarios en momentos que ya de por sí suelen ser emocionalmente difíciles.
Hablar de estos temas no atrae desgracias ni acelera el destino.
Al contrario.
Es una muestra de previsión, madurez y cariño hacia quienes algún día tendrán que resolver asuntos que nosotros podemos dejar en orden.
Porque el mejor legado no siempre es la cantidad de bienes que dejamos, sino la paz familiar que ayudamos a conservar.
Hacer un testamento no es prepararse para partir; es prepararse para proteger a quienes se quedan… no cree usted?
