La intolerancia social
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hoy quiero poner la lupa sobre un fenómeno que parece crecer cada día: la intolerancia social.
Vivimos en una época donde muchas personas exigen respeto, pero pocas están dispuestas a respetar a quienes piensan diferente. Basta una opinión distinta para generar discusiones, ofensas o rupturas que antes podían resolverse con diálogo.
Algo está cambiando en nuestra forma de convivir.
En las escuelas observamos cada vez más conflictos entre alumnos y también entre padres de familia y maestros. Algunos jóvenes reaccionan con enojo ante cualquier corrección. La frustración se tolera menos. La paciencia parece agotarse más rápido. Y cuando las emociones dominan a la razón, las consecuencias pueden ser preocupantes.
Antes, la educación era vista como una responsabilidad compartida entre la escuela y la familia. Los padres reforzaban valores como el respeto, la disciplina, la gratitud y la responsabilidad. No era una educación perfecta, pero existía la convicción de que formar ciudadanos era tan importante como enseñar matemáticas o historia.
Hoy enfrentamos nuevos desafíos.
Las redes sociales han acelerado la inmediatez. Todo debe ocurrir rápido. Todo debe obtenerse de inmediato. Y cuando las cosas no salen como esperamos, aparece la frustración.
También observamos cómo algunas personas llegan a sentirse superiores por una profesión, un cargo, un nivel económico o una preparación académica. Sin embargo, los títulos no sustituyen la humildad, ni el conocimiento reemplaza los valores.
De poco sirve una carrera brillante si se pierde la capacidad de escuchar, comprender y convivir.
La verdadera educación no se refleja únicamente en un diploma, sino en la manera en que tratamos a los demás.
La tolerancia no significa aceptar todo sin cuestionar. Significa aprender a convivir con quienes son diferentes. Significa entender que no todos pensarán igual que nosotros y que eso no los convierte en enemigos.
La paciencia también es una virtud que parece estar desapareciendo.
Queremos resultados inmediatos, éxitos rápidos y soluciones instantáneas. Pero las mejores cosas de la vida siguen requiriendo tiempo: una amistad verdadera, una familia unida, una carrera profesional sólida o una sociedad más armoniosa.
Quizá ha llegado el momento de recuperar parte de esa formación ancestral que enseñaba respeto por los mayores, responsabilidad por los propios actos, compromiso con la palabra dada y consideración hacia los demás.
No para regresar al pasado, sino para rescatar aquello que sigue siendo valioso.
Porque una sociedad avanza con tecnología, pero se sostiene con valores.
Y si queremos un mejor futuro para nuestros hijos, debemos enseñarles que la fuerza no está en gritar más fuerte, sino en dialogar mejor; no en imponerse, sino en convivir.
La tolerancia no nos obliga a pensar igual, pero sí nos permite vivir juntos con respeto; y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que debemos recuperar… no cree usted?
