El dolor pasa, el sufrimiento se queda
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hoy quiero hablar de algo que todos hemos experimentado alguna vez: el dolor.
El dolor forma parte de la vida. Nadie puede escapar de él. Duele perder a un ser querido, terminar una relación, sufrir una traición, enfrentar una enfermedad o ver cómo un sueño se desvanece.
Pero existe una diferencia importante entre el dolor y el sufrimiento.
El dolor llega sin pedir permiso.
El sufrimiento es cuando permitimos que ese dolor se instale para siempre en nuestra vida.
Un golpe físico puede dejar un moretón, una cicatriz o una molestia temporal. Con el tiempo el cuerpo sana. Sin embargo, los golpes del alma son distintos. Esos no se ven en una radiografía ni aparecen en una fotografía. Se esconden detrás de una sonrisa, de un silencio o de una mirada perdida.
Las heridas emocionales pueden dejar huellas profundas.
Y cuando una persona se aferra al dolor, cuando revive una y otra vez lo que le hicieron, lo que perdió o lo que no pudo ser, corre el riesgo de quedarse atrapada en el sufrimiento.
Entonces aparece la tristeza constante.
La falta de ilusión.
La pérdida de interés por la vida.
Y en algunos casos, la depresión.
Por eso es tan importante aprender a sanar.
No significa olvidar lo ocurrido ni actuar como si nada hubiera pasado. Significa aceptar la experiencia, aprender de ella y seguir caminando.
La vida no nos prometió días perfectos.
Nos prometió oportunidades para crecer.
Cada dificultad trae una enseñanza. Cada caída nos obliga a descubrir una fuerza que quizá no sabíamos que teníamos.
Y aunque hay momentos en los que parece imposible volver a sonreír, el tiempo y la voluntad tienen una capacidad extraordinaria para reconstruirnos.
No vinimos a este mundo para vivir atrapados en las heridas del pasado.
Vinimos para amar, aprender, compartir, construir recuerdos y encontrar motivos para ser felices.
La felicidad no significa ausencia de problemas.
Significa la capacidad de seguir adelante a pesar de ellos.
Por eso, cuando el dolor llegue a su vida, permítase sentirlo, llorarlo y comprenderlo. Pero no le entregue las llaves de su existencia.
Porque usted merece mucho más que sobrevivir.
Merece vivir.
El dolor es parte de la vida, pero quedarse a vivir en él es renunciar a la felicidad que todavía nos espera… no cree usted?
