El miedo a la jubilación… y al abandono
Columna Con mi Lupa
Por Alma Cárdenas
Hoy quiero hablar de un miedo silencioso que muchas personas cargan en el corazón, aunque pocas veces lo expresan: el miedo a la jubilación y al abandono.
Durante gran parte de la vida nos acostumbramos a una rutina. El trabajo se convierte en responsabilidad, en propósito, en estabilidad y, muchas veces, hasta en identidad. Nos levantamos temprano, convivimos con compañeros, resolvemos problemas y sentimos que somos necesarios.
Pero llega un momento en que la vida cambia.
La jubilación, que debería representar descanso y tranquilidad, para algunas personas se convierte en incertidumbre. Porque no todos saben cómo enfrentar el silencio después de tantos años de actividad.
Y entonces aparecen preguntas difíciles:
¿Y ahora qué voy a hacer?
¿Seguiré siendo útil?
¿Se acordarán de mí?
¿Me quedaré solo?
Detrás del miedo a jubilarse muchas veces existe algo más profundo: el temor al abandono.
El miedo a sentirse olvidado por la familia, por los amigos o incluso por la misma sociedad. Porque vivimos en tiempos donde pareciera que todo gira alrededor de la productividad y la juventud, dejando a veces de lado la experiencia y la sabiduría de quienes han recorrido tantos años de vida.
Sin embargo, la jubilación no debería verse como el final de algo, sino como el comienzo de una nueva etapa.
Una etapa donde por fin se puede descansar sin culpa, dedicar tiempo a uno mismo, convivir más con la familia, descubrir hobbies olvidados o simplemente disfrutar de la vida con otro ritmo.
El verdadero problema no es envejecer… es sentir que dejamos de importar.
Y ahí es donde la familia juega un papel fundamental.
Ninguna persona debería llegar a la vejez sintiéndose sola o abandonada. Nuestros padres y abuelos merecen compañía, respeto y amor, no solo cuando son fuertes y productivos, sino también cuando necesitan apoyo y presencia emocional.
Porque todos, tarde o temprano, caminamos hacia esa etapa.
Y así como hoy vemos a nuestros mayores, algún día nosotros también desearemos una llamada, una visita, una conversación o simplemente sentirnos acompañados.
La vida no termina con la jubilación. Lo que debe terminar es la idea de que una persona vale solo por lo que produce.
Porque hay algo que nunca se jubila:
el deseo de sentirse amado, útil y parte de una familia.
La jubilación puede cerrar una etapa laboral… pero jamás debería abrir la puerta al abandono… no cree usted?
