Amistades de cristal
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hoy quiero hablar de esas amistades que parecían eternas… pero terminaron rompiéndose como cristal.
Todos, en algún momento de la vida, hemos tenido amigas que sentimos casi como familia. Personas con las que compartimos años, secretos, risas, viajes, tristezas y momentos importantes. Amistades que entraron a nuestra casa, conocieron a nuestros hijos, convivieron con nuestra familia y estuvieron presentes en etapas muy profundas de nuestra vida.
Con el tiempo, esas amistades llegan a sentirse incondicionales.
Son las primeras en llamar, en acompañarte, en estar en cada celebración o problema. Y uno llega a pensar que esa relación será para siempre, porque después de tantos años se crea una confianza que parece imposible de romper.
Pero a veces basta una diferencia, un comentario, un malentendido o algo que no agradó… para que todo cambie.
Y entonces sucede algo doloroso:
la amistad se enfría.
Empiezan las distancias, los silencios incómodos, las ausencias. Lo que antes era natural se vuelve forzado. Ya no hay llamadas, ya no hay confidencias, ya no existe esa cercanía de antes.
Y uno se queda preguntándose:
¿cómo algo tan fuerte pudo romperse tan fácil?
Quizá porque algunas amistades son como el cristal: hermosas, transparentes, brillantes… pero también frágiles.
Lo más triste es cuando descubres que mientras tú sigues guardando cariño o nostalgia, la otra persona ya continuó su vida como si nada. “Sus amigas” siguen ahí, los grupos cambian, las reuniones continúan… y tú te quedas viendo desde lejos, intentando entender en qué momento dejaste de pertenecer.
Y duele.
Porque las pérdidas no solo existen en el amor de pareja. También duelen las amistades que se rompen después de muchos años.
Sin embargo, la vida también enseña algo importante: no todas las personas están destinadas a quedarse para siempre. Algunas llegan para acompañarnos una etapa, para enseñarnos algo o para regalarnos momentos que, aunque ya terminaron, también fueron valiosos.
A veces madurar significa aceptar que hay vínculos que cambian y que no siempre se pueden rescatar.
Y aunque el silencio ocupe el lugar de las conversaciones de antes, siempre quedará la tranquilidad de haber querido sinceramente.
Porque las amistades verdaderas no deberían romperse por orgullo… pero cuando se rompen, dejan cicatrices silenciosas que solo entiende quien las vivió, sin importar la etapa de tu vida que estés viviendo.
Hay amistades que duran años… y silencios que duran todavía más… no cree usted?
