Hubiera, por poco o ya merito
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Cuántas veces hemos pronunciado alguna de estas palabras?
“Hubiera…”
“Por poco…”
“¡Ya merito!”
Tres expresiones que parecen inofensivas, pero que encierran historias completas de oportunidades perdidas, decisiones tardías y sueños que estuvieron a punto de convertirse en realidad.
El “hubiera” aparece cuando miramos hacia atrás y comenzamos a imaginar lo que habría ocurrido si hubiéramos actuado de otra manera.
Si hubiera estudiado aquella carrera.
Si hubiera aceptado ese trabajo.
Si hubiera dicho lo que sentía.
Si hubiera cuidado mejor mi salud.
Si hubiera aprovechado aquella oportunidad.
Si hubiera dedicado más tiempo a mis padres, a mis hijos o a las personas que amaba.
El problema es que el “hubiera” llega cuando el tiempo ya pasó y descubrimos que algunas oportunidades no regresan de la misma manera.
Nos convertimos en expertos para imaginar vidas alternativas. Construimos en nuestra mente historias que pudieron ser maravillosas, pero olvidamos que, en aquel momento, tomamos decisiones con los conocimientos, las emociones y las circunstancias que teníamos.
Por eso, vivir lamentando cada paso no cambia el pasado.
Lo que sí podemos hacer es aprender de él.
Si nos equivocamos, reconocerlo.
Si lastimamos a alguien, ofrecer una disculpa cuando sea posible.
Si dejamos pasar una oportunidad, prepararnos para reconocer la siguiente.
Y si descubrimos que hemos descuidado nuestra salud, nuestras relaciones o nuestros sueños, comenzar a atenderlos hoy.
Porque el “hubiera” puede convertirse en una lección, pero no debe transformarse en una cadena que nos impida avanzar.
Después aparece el famoso “por poco”.
Por poco consigo el empleo.
Por poco llego a tiempo.
Por poco gano el concurso.
Por poco le digo que la quería.
Por poco tomé aquella decisión.
Esta expresión nos recuerda que estuvimos cerca, pero no alcanzamos el resultado que esperábamos.
Y, aunque a veces duele, también puede enseñarnos algo importante: estar cerca no siempre significa estar preparados.
Quizá nos faltó estudiar un poco más.
Practicar.
Preguntar.
Organizarnos.
Tener paciencia.
O simplemente comprender que no todo depende de nosotros.
Hay ocasiones en que hacemos nuestro mejor esfuerzo y aun así no conseguimos lo que deseamos. La vida no siempre recompensa nuestros intentos de la manera que imaginamos.
Pero estar cerca de lograr algo no significa que debamos abandonar.
A veces, ese “por poco” es la señal de que necesitamos corregir el rumbo y volver a intentarlo.
No siempre.
No a cualquier costo.
Pero sí cuando aquello que perseguimos sigue teniendo sentido para nosotros.
Y llegamos al “¡ya merito!”, una expresión muy nuestra que utilizamos cuando creemos que algo está a punto de suceder.
“Ya merito termino.”
“Ya merito empiezo a hacer ejercicio.”
“Ya merito ahorro.”
“Ya merito arreglo la casa.”
“Ya merito le llamo.”
“Ya merito pongo en marcha mi proyecto.”
Y así pasan los días, las semanas y hasta los años.
El problema del “ya merito” es que nos permite sentir que estamos haciendo algo, aunque todavía no hayamos dado el primer paso.
Nos tranquiliza pensar que mañana comenzaremos, que la próxima semana será diferente o que el próximo año tendremos más tiempo.
Pero las metas no se cumplen solamente con buenas intenciones.
Necesitan decisiones, acciones y constancia.
Si queremos mejorar nuestra salud, debemos empezar por cuidarnos.
Si deseamos aprender algo nuevo, tenemos que dedicarle tiempo.
Si queremos recuperar una relación, quizá debamos iniciar una conversación.
Si soñamos con emprender un proyecto, necesitamos pasar de las ideas a la planeación y de la planeación a la acción.
No hace falta resolverlo todo en un día.
A veces basta con dar un primer paso pequeño, pero verdadero.
Porque entre decir “ya merito” y hacerlo existe una diferencia enorme: la decisión de comenzar.
También debemos aprender que no todas las oportunidades pueden recuperarse y que no todos los errores pueden corregirse por completo. Hay personas que ya no están, palabras que dejaron heridas y momentos que no volverán.
En esos casos, la enseñanza puede consistir en vivir de otra manera a partir de hoy.
Ser más atentos.
Expresar el cariño mientras tenemos la oportunidad.
Dejar de posponer las conversaciones importantes.
Disfrutar a nuestra familia.
Cuidar nuestro cuerpo.
Defender nuestros sueños.
Y no esperar a que una enfermedad, una pérdida o una circunstancia difícil nos recuerde que el tiempo es limitado.
No se trata de vivir con prisa ni de sentir culpa por cada decisión que no salió bien.
Se trata de vivir con mayor conciencia.
Porque también hay personas que pasan tanto tiempo lamentándose por el pasado que olvidan disfrutar el presente. Y otras que se preocupan tanto por lo que podría ocurrir mañana que nunca se atreven a comenzar hoy.
La vida necesita equilibrio.
Aprender del ayer, actuar en el presente y prepararnos para el mañana.
Si algo no funcionó, preguntémonos qué podemos aprender.
Si estuvimos cerca, revisemos qué nos faltó.
Y si llevamos demasiado tiempo diciendo “ya merito”, quizá sea momento de dejar de hablar y comenzar a actuar.
No importa si el primer paso es pequeño.
Lo importante es que nos acerque a la vida que deseamos construir.
Y recuerde algo: no todas las decisiones deben tomarse de inmediato. Hay ocasiones en que detenerse, reflexionar y esperar también es una decisión inteligente. La diferencia está en saber cuándo estamos actuando con prudencia y cuándo solamente estamos postergando por miedo.
Así que la próxima vez que pronunciemos alguna de estas tres expresiones, hagamos una pausa.
Cuando digamos “hubiera”, pensemos qué podemos aprender.
Cuando digamos “por poco”, preguntémonos si vale la pena volver a intentarlo.
Y cuando digamos “ya merito”, comprometámonos con una fecha, una acción y un primer paso.
Porque el pasado no podemos cambiarlo, pero todavía podemos decidir qué hacemos con las lecciones que nos dejó.
Y quizá la pregunta más importante no sea cuántas veces hemos dicho “hubiera”, “por poco” o “ya merito”, sino cuántas oportunidades seguimos dejando pasar mientras esperamos el momento perfecto.
Porque a veces la vida no necesita que seamos perfectos, sino que tengamos el valor de comenzar… ¿no cree usted?
