Tus ojos… la ventana de tu vida
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Dicen que los ojos son la ventana del alma.
Y quizá por eso hay miradas que hablan sin pronunciar una sola palabra.
Podemos aprender a controlar nuestras palabras, a sonreír cuando no tenemos ganas, a decir “estoy bien” aunque por dentro estemos atravesando una tormenta. Podemos incluso aprender a esconder nuestras preocupaciones detrás de una buena actitud.
Pero hay algo difícil de esconder durante mucho tiempo: la mirada.
Los ojos pueden reflejar alegría, tristeza, cansancio, ilusión, miedo, amor y hasta decepción.
Hay personas que sonríen y, sin embargo, sus ojos parecen estar pidiendo ayuda.
Hay quienes hablan con entusiasmo, pero su mirada se encuentra perdida.
Y también existen esas miradas que no necesitan explicación porque transmiten una felicidad que contagia.
¿Alguna vez ha observado los ojos de una persona mientras le cuenta algo que realmente le importa?
No es lo mismo escuchar sus palabras que mirar cómo brillan sus ojos mientras las pronuncia.
Porque cuando algo nos emociona de verdad, la mirada cambia.
Cuando estamos enamorados, cambia.
Cuando recordamos a alguien que ya no está, cambia.
Cuando recibimos una buena noticia, cambia.
Cuando estamos preocupados, también.
Los ojos guardan pequeñas historias de nuestra vida.
En ellos puede verse el cansancio de quien ha trabajado durante años, la ternura de una madre que observa a sus hijos, la nostalgia de quien recuerda tiempos que ya no volverán y la esperanza de quien todavía tiene sueños por cumplir.
Quizá por eso debemos aprender a mirar a los demás con mayor atención.
No solamente verlos.
Mirarlos.
Hay una gran diferencia.
Ver es reconocer que alguien está frente a nosotros.
Mirar es intentar descubrir cómo se encuentra.
A veces preguntamos “¿cómo estás?” por costumbre y ni siquiera esperamos la respuesta.
Pero quizá deberíamos detenernos un momento y observar.
Porque hay personas que contestarán:
“Estoy bien”.
Y sus ojos estarán diciendo exactamente lo contrario.
No siempre podremos solucionar los problemas de los demás, pero escuchar puede ser un regalo enorme.
Una conversación puede aliviar.
Una mirada comprensiva puede acompañar.
Un abrazo puede recordarle a alguien que no está solo.
Y también debemos aprender a observar nuestros propios ojos.
¿Qué nos están diciendo?
¿Se ven cansados?
¿Hace cuánto tiempo no disfrutamos realmente de algo?
¿En qué momento dejamos de hacer aquello que nos hacía ilusión?
¿Estamos viviendo o simplemente cumpliendo con nuestras obligaciones?
A veces pasamos tanto tiempo preocupándonos por todo lo que ocurre alrededor que olvidamos preguntarnos cómo estamos nosotros.
Y nuestros ojos pueden ser ese pequeño espejo que nos ayude a reconocerlo.
También hay miradas que cambian con los años.
Los ojos de un niño tienen curiosidad.
Los de un joven suelen tener sueños y ganas de descubrir el mundo.
Los de un adulto pueden reflejar responsabilidades, preocupaciones y experiencias.
Y los ojos de una persona mayor pueden contener toda una vida.
Si alguna vez tiene la oportunidad, observe los ojos de sus padres o de sus abuelos mientras cuentan una historia de su juventud.
Tal vez verá aparecer una luz diferente.
Porque los recuerdos también viven en la mirada.
Y qué bonito sería aprender a mirar a nuestros seres queridos mientras todavía podemos hacerlo.
No esperar a que ya no estén para recordar el brillo de sus ojos.
No esperar a perder una persona para descubrir cuánto significaba su presencia.
No esperar a que la vida nos obligue a detenernos para valorar esos pequeños momentos que hoy parecen cotidianos.
Nuestros ojos también reflejan aquello que hemos vivido.
Hay miradas que han llorado mucho y, aun así, conservan esperanza.
Hay otras que han sufrido decepciones y todavía son capaces de confiar.
Hay ojos que han envejecido, pero siguen buscando nuevos horizontes.
Porque cumplir años no significa dejar de soñar.
Y quizá esa sea una de las cosas más hermosas que podemos conservar: la capacidad de mirar hacia adelante.
Cuidemos nuestros ojos, pero también cuidemos aquello que queremos seguir viendo a través de ellos.
Un amanecer.
A nuestros hijos.
A nuestros nietos.
Un viaje.
Un libro.
El mar.
Una taza de café.
Una mesa llena de personas que queremos.
Un proyecto que todavía no termina.
La vida tiene demasiadas cosas hermosas como para acostumbrarnos a mirar solamente los problemas.
Por eso, cuando alguien nos diga que tenemos una mirada diferente, quizá debamos preguntarnos qué está reflejando.
Porque nuestros ojos no solamente muestran cómo somos en este momento.
También pueden contar la historia de todo lo que hemos amado, perdido, aprendido, sufrido y superado.
Son una ventana hacia nuestro mundo interior.
Y quizá por eso, antes de mirar con dureza a los demás, deberíamos recordar que nunca sabemos qué historia está escondida detrás de una mirada.
Aprendamos a mirar con más ternura.
A observar más allá de las apariencias.
A escuchar incluso aquello que no se dice.
Y, sobre todo, a no perder el brillo de nuestros propios ojos.
Porque mientras nuestros ojos todavía tengan ilusión, curiosidad, amor y esperanza, siempre habrá una parte de nosotros dispuesta a seguir descubriendo la vida… ¿no cree usted?
