Cuidarte también es quererte: una caída puede cambiarlo todo
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Con los años aprendemos muchas cosas, pero quizá una de las más importantes es entender que nuestro cuerpo necesita cuidados diferentes.
Cuando somos jóvenes caminamos de prisa, subimos escaleras sin pensarlo, cargamos objetos, corremos para alcanzar el autobús y muchas veces creemos que nada puede pasarnos.
Pero el tiempo pasa.
Y cuando llegamos a la edad adulta mayor, debemos aprender que cuidarnos no significa tener miedo. Significa tener conciencia de que nuestro cuerpo merece atención y que una pequeña precaución puede evitar una gran consecuencia.
Una caída puede parecer algo insignificante.
“Me tropecé”.
“Me resbalé”.
“Me levanté y seguí caminando”.
Pero no siempre termina ahí.
Una caída puede provocar una fractura, una lesión, pérdida de movilidad y, en algunos casos, un largo proceso de recuperación. También puede hacer que una persona que era independiente necesite ayuda para actividades que antes realizaba sin dificultad.
Y algo todavía más delicado: después de una caída, algunas personas comienzan a tener miedo de volver a caminar.
Ese temor puede llevarlas a moverse menos, salir menos, dejar de hacer actividades que disfrutaban y depender cada vez más de otras personas.
Por eso el autocuidado es tan importante.
No debemos esperar a sufrir una caída para comenzar a prevenirla.
Hay pequeñas cosas que podemos revisar en nuestra vida diaria.
¿Tenemos tapetes que se deslizan?
¿Hay objetos en medio de los pasillos?
¿La casa está bien iluminada?
¿Necesitamos subirnos a una silla para alcanzar algo?
¿El baño tiene elementos de apoyo?
¿Utilizamos zapatos cómodos y seguros?
¿Las escaleras tienen pasamanos?
Parecen detalles pequeños, pero precisamente en los detalles puede estar la diferencia.
También debemos aprender a respetar nuestros propios límites.
Si algo está demasiado alto, pidamos ayuda.
Si estamos cansados, descansemos.
Si el piso está mojado, esperemos a que se seque.
Si necesitamos usar lentes, utilicémoslos.
Si sentimos mareos o inestabilidad, no intentemos demostrar que podemos con todo.
Pedir ayuda no nos hace menos independientes.
Muchas veces, pedir ayuda es precisamente lo que nos permite conservar nuestra independencia durante más tiempo.
Y también es importante mantenernos activos de acuerdo con nuestras posibilidades. El movimiento adecuado ayuda a conservar fuerza, equilibrio y movilidad. Caminar, realizar ejercicios apropiados para nuestra edad y condición, y seguir las recomendaciones de los profesionales de la salud puede ser parte de una buena estrategia de prevención.
El autocuidado también significa poner atención a nuestra salud.
Una persona que tiene problemas de visión, mareos, dificultad para caminar o algún medicamento que le provoca somnolencia debe comentarlo con su médico. No debemos modificar tratamientos por nuestra cuenta, pero sí preguntar cuando algo nos hace sentir diferente.
Porque cuidarnos no significa solamente evitar una caída.
Significa aprender a escuchar nuestro cuerpo.
A veces queremos seguir haciendo todo exactamente como lo hacíamos hace veinte o treinta años.
Y qué bueno que conservemos nuestras ganas de vivir, de salir, de viajar, de bailar, de trabajar, de convivir y de disfrutar.
La edad no debería convertirse en una prisión.
Pero tampoco debemos permitir que el orgullo nos haga ignorar nuestras nuevas necesidades.
Tal vez antes podíamos cargar una caja pesada sin ayuda.
Hoy quizá necesitamos pedirle a alguien que nos ayude.
Tal vez antes subíamos rápidamente unas escaleras.
Ahora podemos hacerlo despacio y sujetándonos del pasamanos.
Eso no es perder.
Eso es adaptarnos.
Y adaptarnos también es una forma de inteligencia.
A las familias les corresponde una parte importante de esta tarea.
Cuidar a nuestros adultos mayores no significa quitarles su autonomía ni decidir todo por ellos.
Significa observar, acompañar y ayudar a crear un entorno seguro.
No esperemos a que ocurra una tragedia para modificar aquello que sabemos que representa un riesgo.
Una lámpara más.
Un pasamanos.
Un tapete menos.
Un par de zapatos adecuados.
Un poco más de paciencia.
Una llamada para saber cómo está mamá, papá, el abuelo o la abuela.
A veces cuidar es tan sencillo como eso.
Y para quienes estamos entrando o ya vivimos la etapa adulta mayor, recordemos algo: nuestro cuerpo no tiene que demostrarle nada a nadie.
No tenemos que correr.
No tenemos que cargar todo.
No tenemos que subirnos donde no alcanzamos.
No tenemos que arriesgarnos para demostrar que todavía podemos hacerlo todo solos.
Tenemos derecho a disfrutar esta etapa de la vida con tranquilidad, dignidad y seguridad.
Porque envejecer no significa dejar de vivir.
Significa aprender a vivir de otra manera.
Cuidarnos es querer nuestra vida.
Prevenir es respetar nuestro futuro.
Y andar con cuidado no significa caminar con miedo; significa tener la sabiduría de reconocer que una pequeña precaución hoy puede permitirnos seguir caminando mañana.
Porque una caída puede cambiar nuestra vida en segundos, pero muchas veces podemos reducir los riesgos con algo que está en nuestras manos: prestar atención, pedir ayuda y cuidarnos antes de que sea demasiado tarde… ¿no cree usted?
