La depresión que te lleva al límite
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay momentos en la vida en los que sentimos que todo se viene abajo.
Una enfermedad, una dificultad económica, una decepción amorosa, la pérdida de un ser querido, un problema familiar o simplemente una acumulación de situaciones que, poco a poco, van desgastando nuestras fuerzas.
Al principio pensamos que podemos con todo.
Decimos: “Ya pasará”.
Y seguimos adelante.
Pero cuando los problemas se acumulan y las emociones no encuentran una salida, algo dentro de nosotros comienza a cambiar.
Dejamos de disfrutar lo que antes nos hacía felices. Dejamos de querer salir, conversar, arreglarnos o convivir. Nos aislamos y poco a poco perdemos el interés por aquello que alguna vez nos daba ilusión.
Es como si la vida fuera perdiendo sus colores.
Y entonces algunas personas comienzan a dejarse a sí mismas en último lugar.
Se sienten cansadas, sin esperanza, sin ganas de luchar y, en ocasiones, como si fueran un viejo trapo olvidado en un rincón.
Pero nadie debería acostumbrarse a vivir así.
La depresión no es simplemente estar triste. Tampoco significa que una persona sea débil o que no tenga voluntad. Puede ser una condición seria que necesita atención, acompañamiento y, en muchos casos, ayuda profesional.
Por eso es tan importante aprender a reconocer cuando algo no está bien.
No debemos esperar a que una persona llegue al límite para preguntarle cómo se siente.
A veces una conversación puede abrir una puerta.
Un abrazo puede decir “no estás solo”.
Una llamada puede recordarle a alguien que todavía hay personas que se preocupan por él.
Y pedir ayuda no debe considerarse una derrota.
Al contrario.
Pedir ayuda puede ser uno de los actos más valientes que una persona puede realizar cuando siente que ya no puede continuar sola.
También necesitamos aprender a pedirla.
Porque podemos tener fe, una familia que nos ama, metas y proyectos, pero eso no significa que tengamos que enfrentar todo sin apoyo. La espiritualidad puede ser una fuente importante de esperanza para muchas personas; también lo pueden ser los vínculos afectivos, los nuevos propósitos y el acompañamiento profesional.
A veces necesitamos volver a encontrar un motivo para levantarnos.
Puede ser terminar ese proyecto que dejamos pendiente.
Volver a estudiar.
Emprender algo nuevo.
Viajar.
Cuidar un jardín.
Escribir.
Ayudar a alguien.
Acercarnos nuevamente a nuestra familia.
Recuperar una amistad.
O simplemente proponernos vivir un día más y ocuparnos de ese día, sin exigirnos resolver toda nuestra vida de una sola vez.
Porque cuando estamos atravesando una etapa oscura, pensar en el futuro completo puede parecer imposible.
Entonces hagamos algo más sencillo:
vivamos hoy.
Mañana tendrá sus propias posibilidades.
Y si hoy no encontramos una razón suficiente para sentirnos fuertes, busquemos ayuda para encontrarla.
No debemos permitir que un problema de dinero nos haga creer que nuestra vida no vale.
Que una enfermedad nos convenza de que ya no tenemos nada que aportar.
Que una decepción amorosa nos haga pensar que nunca volveremos a amar.
Que una pérdida nos haga olvidar que también existen nuevos capítulos.
La vida puede cambiar de un momento a otro, pero también nosotros podemos cambiar nuestra manera de enfrentar lo que estamos viviendo.
No se trata de negar el dolor.
Se trata de no permitir que el dolor sea quien escriba el final.
Y aquí también tenemos una responsabilidad con quienes nos rodean.
Aprendamos a observar.
A preguntar.
A escuchar sin juzgar.
Si alguien deja de convivir, abandona actividades que antes disfrutaba, se encierra, expresa desesperanza o habla de que ya no quiere vivir, no debemos minimizarlo ni decirle simplemente que “le eche ganas”.
Hay momentos en los que una persona necesita mucho más que una frase de ánimo.
Necesita compañía.
Necesita ser escuchada.
Y puede necesitar atención profesional.
Si existe riesgo inmediato de que alguien se haga daño, es fundamental buscar ayuda de emergencia y no dejar sola a la persona.
Porque la vida merece ser protegida incluso cuando, en ese momento, quien está sufriendo no alcanza a verlo.
Todos atravesamos días difíciles.
Todos tenemos momentos en los que sentimos que nuestras fuerzas se terminan.
Pero una mala etapa no define toda nuestra existencia.
Todavía puede haber una mañana diferente, una conversación inesperada, un proyecto que nos ilusione, una persona que llegue a nuestra vida, una oportunidad que no imaginábamos o simplemente un nuevo motivo para sonreír.
Abracemos la vida con amor y con optimismo, pero también con responsabilidad.
Cuidemos nuestra mente, pidamos ayuda cuando la necesitemos y aprendamos a ayudarnos a nosotros mismos.
Porque reconocer que no podemos solos no nos hace débiles.
Nos hace humanos.
Y quizá hoy alguien que está leyendo estas palabras necesita recordar algo muy sencillo: usted no tiene que resolver toda su vida hoy; solamente necesita dar el siguiente paso y permitir que alguien camine a su lado.
La vida puede ser maravillosa, incluso después de los momentos más difíciles.
No dejemos que un problema, por grande que parezca hoy, nos haga olvidar que todavía existen razones para seguir descubriendo todo lo que la vida puede ofrecernos… ¿no cree usted?
