La incomodidad de un ambiente
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Alguna vez has llegado a un lugar y, sin saber exactamente por qué, has sentido deseos de irte inmediatamente?
No ha ocurrido nada evidente.
Nadie te ha dicho algo.
Nadie te ha hecho una amenaza.
Simplemente hay algo en el ambiente que te hace sentir incómodo.
También puede suceder cuando una persona se acerca, te observa de una manera que te incomoda o invade demasiado tu espacio personal. O cuando entras a un lugar y percibes que determinado grupo de personas no te hace sentir tranquilo.
Muchas veces ignoramos esas sensaciones porque pensamos:
“Quizá estoy exagerando.”
“Seguramente estoy imaginando cosas.”
“No quiero parecer grosero.”
Y nos quedamos.
Pero escuchar cómo nos sentimos también es importante.
Nuestro cuerpo y nuestra mente pueden reaccionar ante situaciones que no sabemos explicar inmediatamente. Una sensación de incomodidad no necesariamente significa que exista un peligro, pero sí puede ser una señal para prestar atención.
No tenemos que esperar a que ocurra algo malo para decidir alejarnos.
Si un lugar no nos genera tranquilidad, podemos retirarnos.
Si una conversación nos incomoda, podemos terminarla.
Si alguien invade nuestro espacio, podemos establecer un límite.
Y si una situación nos hace sentir inseguros, podemos buscar ayuda.
No necesitamos tener una explicación perfecta para cuidar de nosotros mismos.
Durante mucho tiempo nos enseñaron que debíamos ser amables a cualquier costo.
Que había que saludar.
Que había que quedarse.
Que no debíamos hacer sentir mal a nadie.
Pero la educación y la cortesía no deben estar por encima de nuestra seguridad.
Podemos ser respetuosos y, al mismo tiempo, alejarnos.
Podemos decir:
“Disculpe, tengo que retirarme.”
Sin dar mayores explicaciones.
También debemos enseñarles esto a nuestros hijos.
Un niño debe saber que puede alejarse de una persona que lo hace sentir incómodo.
Una joven debe saber que no tiene obligación de quedarse en un lugar solamente para no parecer descortés.
Y cualquier persona debe entender que poner límites no significa ser grosero.
Significa cuidarse.
Sin embargo, también debemos tener equilibrio.
No toda mirada significa una mala intención.
No todo ambiente extraño representa un peligro.
No debemos convertir una sensación en una acusación contra alguien sin conocer los hechos.
La intuición puede decirnos “presta atención”, pero no necesariamente nos dice toda la historia.
Por eso es importante observar.
¿La persona está invadiendo nuestro espacio?
¿Insiste después de que le dijimos que no?
¿Nos sigue?
¿Nos amenaza?
¿El ambiente se vuelve agresivo?
¿Hay algo concreto que nos hace sentir en riesgo?
Cuando existen señales objetivas de peligro, debemos actuar con mayor precaución y buscar apoyo.
Y si estamos en un lugar público, podemos acercarnos a personas de confianza, personal de seguridad o autoridades, según la situación.
Lo importante es no ignorarnos.
Porque también existe una forma de violencia que comienza precisamente cuando alguien nos convence de que nuestros límites no importan.
“No pasa nada.”
“Estás exagerando.”
“Quédate.”
“No seas grosero.”
No.
Si algo nos incomoda, tenemos derecho a tomar distancia.
Y quizá una de las mejores herramientas que podemos desarrollar en la vida sea aprender a reconocer dónde estamos tranquilos y dónde no.
Hay lugares donde respiramos profundamente.
Hay personas con las que podemos ser nosotros mismos.
Hay ambientes que nos hacen sentir seguros.
Y también existen espacios de los que nuestro propio cuerpo parece decirnos: “Aquí no quiero estar.”
Escuchémoslo.
No para vivir con miedo.
No para desconfiar de todo el mundo.
Sino para aprender a cuidarnos.
Porque nuestra tranquilidad también tiene valor.
No debemos quedarnos en un sitio únicamente por compromiso, ni mantener una conversación únicamente porque no sabemos cómo terminarla.
Podemos marcharnos.
Podemos decir no.
Podemos poner distancia.
Podemos pedir ayuda.
Y podemos hacerlo sin sentir culpa.
La vida también nos enseña a escuchar esas pequeñas señales que aparecen cuando algo no nos hace sentir bien. No siempre sabremos explicar por qué un lugar o una situación nos incomoda, pero tenemos derecho a tomar distancia y proteger nuestra tranquilidad. Escuchar nuestra intuición no significa vivir desconfiando de todos; significa aprender a observar, poner límites y actuar cuando existen razones para hacerlo. Porque muchas veces alejarnos a tiempo no es cobardía ni mala educación… es cuidarnos, ¿no cree usted?
