Viajar es el límite que todos debemos traspasar
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Alguna vez ha sentido que necesita alejarse de todo para volver a encontrarse consigo mismo?
A veces creemos que viajar es solamente hacer maletas, comprar un boleto, reservar un hotel y conocer lugares nuevos. Pero viajar es mucho más que eso.
Viajar es atrevernos a salir de aquello que conocemos.
Es dejar por unos días la comodidad de nuestra casa, nuestras rutinas, nuestros horarios y hasta nuestras preocupaciones para permitirnos descubrir que existe un mundo mucho más grande del que vemos todos los días.
Porque muchas veces vivimos dentro de nuestros propios límites.
Nos acostumbramos a lo conocido y terminamos creyendo que ahí está toda nuestra vida.
La misma calle.
Los mismos lugares.
Las mismas personas.
Las mismas conversaciones.
Y sin darnos cuenta, convertimos la rutina en una frontera que nos impide descubrir nuevas experiencias.
Por eso viajar puede convertirse en un verdadero ejercicio de libertad.
No importa si el destino está a miles de kilómetros o a una hora de nuestra ciudad.
Lo importante es decidirnos a ir.
Hay personas que pasan años diciendo: “Algún día voy a viajar”.
Algún día conoceré ese lugar.
Algún día tomaré esas vacaciones.
Algún día cumpliré ese sueño.
Pero ese “algún día” puede convertirse en nunca.
Esperamos tener más dinero, más tiempo, menos responsabilidades o las condiciones perfectas.
Y la vida nos enseña que las condiciones perfectas casi nunca llegan.
Por eso, cuando tengamos la posibilidad, debemos aprender a regalarnos experiencias.
Porque los objetos se quedan.
Las cosas materiales se desgastan.
Pero los recuerdos de un viaje pueden acompañarnos durante toda la vida.
¿Quién no recuerda aquel lugar que conoció por primera vez?
Ese paisaje que parecía sacado de una fotografía.
Esa comida que nunca había probado.
Una conversación inesperada con un desconocido.
Una caminata sin prisa.
Una puesta de sol.
Una fotografía que años después nos devuelve exactamente a ese momento.
Viajar también nos enseña.
Nos demuestra que no todos viven como nosotros, que existen otras costumbres, otras formas de pensar, otras maneras de resolver la vida.
Y cuando conocemos otras realidades, muchas veces comenzamos a valorar más la nuestra.
Pero también aprendemos a cuestionarla.
Porque salir de nuestro entorno nos permite mirar nuestra propia vida desde otra perspectiva.
A veces necesitamos alejarnos para comprender lo que tenemos.
Y otras veces necesitamos alejarnos para descubrir que aquello que creíamos necesitar ya no nos hace falta.
Viajar también puede ser una forma de sanar.
Hay momentos en los que necesitamos cambiar de escenario para ordenar nuestros pensamientos.
No significa escapar de los problemas.
Los problemas no desaparecen porque tomemos un avión.
Pero nuestra mente puede descansar.
Podemos respirar diferente.
Podemos pensar con mayor claridad.
Podemos regresar con nuevas ideas y, quizá, con la fuerza necesaria para enfrentar aquello que dejamos pendiente.
Y qué decir de viajar acompañados.
Un viaje puede fortalecer una amistad, unir a una familia o crear recuerdos inolvidables con la pareja.
Pero también existe otro viaje muy importante: el que hacemos solos.
Aprender a viajar solos es aprender a confiar en nosotros mismos.
Es descubrir que podemos tomar decisiones, resolver imprevistos, orientarnos, disfrutar de nuestra propia compañía y comprender que estar solos no necesariamente significa sentirnos solos.
Hay personas que nunca se atreven porque tienen miedo.
Miedo a lo desconocido.
Miedo a perderse.
Miedo a gastar.
Miedo a viajar sin compañía.
Miedo a que algo salga mal.
Pero quizá uno de los mayores límites que debemos traspasar sea precisamente ese: el miedo a vivir.
No se trata de viajar de manera irresponsable ni de gastar lo que no tenemos.
Se trata de darle un lugar a las experiencias dentro de nuestras prioridades.
A veces pensamos demasiado en dejarles bienes materiales a nuestros hijos, pero también deberíamos pensar en dejarles recuerdos.
En enseñarles que el mundo se conoce caminándolo.
Que existen culturas diferentes.
Que hay lugares maravillosos.
Que conocer personas distintas nos hace más tolerantes.
Que viajar también es una forma de educación.
Y quizá cuando lleguemos a cierta edad comprendamos algo muy sencillo: no recordaremos cuántas veces limpiamos la casa, cuántas horas pasamos trabajando o cuántas cosas acumulamos.
Recordaremos las experiencias.
Los abrazos.
Las risas.
Las fotografías.
Las conversaciones.
Los lugares.
Las aventuras.
Por eso, si existe un destino que siempre ha querido conocer y está dentro de sus posibilidades, no lo deje eternamente para después.
Haga un plan.
Ahorre.
Organícese.
Investigue.
Y cuando llegue el momento, atrévase.
Porque viajar no necesariamente significa ir lejos.
A veces basta con cambiar de rumbo.
Viajar es traspasar los límites que nosotros mismos nos hemos impuesto. Es descubrir lugares, pero también descubrirnos. Es aprender que la vida no solamente se cuenta en años, sino en experiencias, caminos recorridos y recuerdos que llevamos en el corazón. Así que haga esa maleta que lleva tanto tiempo esperando… porque quizá el mejor destino todavía está por conocer, ¿no cree usted?
