Deja a tus hijos vivir sin miedos
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Cuántas veces nuestros propios miedos terminan convirtiéndose en los miedos de nuestros hijos?
Como padres queremos protegerlos de todo. Es natural. Queremos evitarles golpes, decepciones, fracasos y cualquier situación que pueda hacerlos sufrir.
Pero en ese intento de protegerlos podemos cometer un error: transmitirles nuestros propios temores y limitar experiencias que podrían ayudarlos a crecer.
Si a mamá le dan miedo los perros, quizá diga:
“No te acerques, te puede morder.”
Si papá siente temor ante las alturas, puede transmitirle al pequeño que subir o practicar determinada actividad es peligroso.
Si alguno de los padres detesta los exámenes, puede hablar de ellos como si fueran una tragedia.
Y así, sin darnos cuenta, el niño aprende a tener miedo antes siquiera de experimentar.
Por supuesto, existen peligros reales y nuestra responsabilidad como padres es enseñarles a reconocerlos y actuar con seguridad.
Pero una cosa es proteger y otra muy diferente es sobreproteger.
Un niño necesita explorar.
Necesita correr.
Jugar.
Hacer ejercicio.
Subirse a una bicicleta.
Aprender a nadar con supervisión.
Presentar un examen.
Hablar frente a sus compañeros.
Acercarse con respeto a un animal cuando sea seguro hacerlo.
Intentar algo nuevo.
Y también necesita equivocarse.
Porque cada experiencia le enseña algo.
Si cada vez que nuestro hijo quiere hacer algo respondemos:
“No puedes.”
“Es peligroso.”
“Te vas a caer.”
“Te va a salir mal.”
terminaremos construyendo una persona que tendrá miedo de intentarlo.
En cambio, podemos cambiar nuestras palabras:
“Vamos a hacerlo con cuidado.”
“Yo te acompaño.”
“Inténtalo, y si no sale a la primera, volvemos a intentarlo.”
Qué diferencia puede hacer una frase.
Los padres no tenemos que eliminar todos los obstáculos del camino de nuestros hijos.
Tenemos que enseñarles a enfrentarlos.
Si un niño tiene miedo a un examen, podemos ayudarlo a prepararse.
Si teme hablar frente a un grupo, podemos practicar en casa.
Si no quiere participar en una actividad física, podemos buscar una que disfrute y avanzar poco a poco.
Si tiene temor a un animal, no debemos obligarlo a acercarse; podemos enseñarle, de manera gradual y segura, a comprenderlo y respetarlo.
Y cuando existe un miedo intenso que interfiere con su vida cotidiana, tampoco debemos minimizarlo. Hay ocasiones en las que se necesita orientación profesional.
La infancia no debería estar llena de “no hagas eso porque a mí me da miedo”.
Nuestros hijos no tienen que vivir la vida que nosotros vivimos.
Pueden tener gustos diferentes.
Talentos diferentes.
Sueños diferentes.
Y también pueden atreverse a hacer cosas que nosotros nunca nos atrevimos a hacer.
Quizá ahí esté una de las grandes responsabilidades de ser padres: no entregarles nuestros miedos como si fueran una herencia.
Entreguémosles herramientas.
Confianza.
Valores.
Precaución.
Y la certeza de que, aunque algún día fallen, estaremos ahí para ayudarlos a levantarse.
Porque proteger a un hijo no significa mantenerlo dentro de una burbuja.
Significa prepararlo para salir al mundo con seguridad.
No heredemos nuestros miedos a nuestros hijos; heredémosles valentía, prudencia y confianza. Dejemos que descubran sus propias capacidades, que enfrenten pequeños retos y que aprendan de sus experiencias, porque un niño que aprende a vencer sus temores crecerá sabiendo que puede enfrentarse a la vida… no cree usted?
