El ejercicio, mi fortaleza y mi alegría
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay días en los que el cuerpo quiere levantarse, pero la cabeza dice:
“Hoy no.”
Estamos cansados, tenemos pendientes, hace frío, hace calor o simplemente encontramos cualquier pretexto para quedarnos sentados.
Pero cuando entendemos que el ejercicio no es un castigo, sino una forma de cuidar nuestra vida, comenzamos a verlo de otra manera.
No necesitamos convertirnos en atletas.
No todos tenemos que correr, levantar pesas o acudir diariamente a un gimnasio.
A veces basta con comenzar caminando.
Diez minutos.
Quince.
Media hora.
Lo importante es empezar y convertir el movimiento en un hábito.
La disciplina aparece precisamente esos días en los que no tenemos ganas.
Porque cuando hacemos ejercicio únicamente cuando estamos motivados, probablemente lo abandonaremos pronto. En cambio, cuando lo convertimos en parte de nuestra rutina, dejamos de negociar todos los días con nosotros mismos.
“Hoy no tengo ganas.”
Puede ser verdad.
Pero nuestra salud no debería depender de nuestro estado de ánimo.
Por supuesto, cada persona debe elegir una actividad acorde con su edad, condición física y estado de salud. Lo importante es encontrar algo que disfrutemos.
Caminar mientras escuchamos música.
Bailar.
Nadar.
Andar en bicicleta.
Hacer ejercicios en casa.
Practicar algún deporte.
Incluso salir al parque y movernos mientras disfrutamos del aire libre.
Cuando encontramos una actividad que nos gusta, el ejercicio deja de sentirse como una obligación y comienza a convertirse en un momento para nosotros.
Y hay algo maravilloso que ocurre después.
Terminamos cansados físicamente, pero muchas veces sentimos la mente más despejada.
Nos sentimos orgullosos de haber cumplido.
Tenemos más energía.
Y aparece esa satisfacción de saber que hicimos algo bueno por nuestro cuerpo.
El ejercicio también puede ser una oportunidad para convivir.
Caminar con la pareja.
Salir con una amiga.
Acompañar a los hijos.
Jugar con los nietos.
No siempre necesitamos buscar grandes rutinas.
Necesitamos mantenernos activos.
El cuerpo fue diseñado para moverse y, conforme pasan los años, debemos ser todavía más conscientes de la importancia de conservar nuestra movilidad y nuestra independencia.
No esperemos a que una enfermedad o una limitación nos obligue a valorar lo que nuestro cuerpo puede hacer hoy.
Si podemos caminar, caminemos.
Si podemos bailar, bailemos.
Si podemos movernos, aprovechemos ese regalo.
Y si tenemos alguna condición que limita nuestra actividad, busquemos orientación profesional para encontrar la manera más segura de mantenernos activos.
Porque cuidar el cuerpo también es cuidar nuestra alegría.
Quizá hoy su cabeza le diga “no quiero hacer ejercicio”, pero recuerde que la disciplina no consiste en tener ganas todos los días, sino en hacer por nuestra salud aquello que sabemos que nos hace bien. Muévase, camine, baile, respire, disfrute y agradezca que su cuerpo todavía puede acompañarlo en esta maravillosa aventura llamada vida… no cree usted?
