Me acepto como soy, me amo y triunfo
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
¿Cuántas veces hemos dejado de hacer algo por miedo a lo que los demás puedan pensar?
Una palabra.
Una mirada.
Una crítica.
Un comentario sobre nuestro cuerpo, nuestra forma de hablar, nuestra personalidad o alguna característica física puede quedarse en nuestra mente mucho más tiempo del que imaginamos.
Hay personas que han vivido señaladas por tener sobrepeso, por ser demasiado delgadas, por hablar diferente, por tener una discapacidad, una cicatriz, alguna característica física particular o simplemente por no comportarse como los demás esperan.
Y lo más doloroso es que, después de escuchar tantas críticas, algunas terminan creyendo aquello que otros dijeron de ellas.
“No soy bonita.”
“No soy inteligente.”
“No puedo hacerlo.”
“Nadie me va a aceptar.”
Y entonces comienzan a limitar su propia vida.
Pero hay algo que debemos aprender: la opinión de los demás no puede convertirse en la medida de nuestro valor.
Ser diferente no significa ser menos.
Tener una característica física distinta no elimina nuestras capacidades.
Tener sobrepeso no nos quita inteligencia.
Una cicatriz no borra nuestra historia.
Una discapacidad no determina nuestros sueños.
Y una personalidad diferente no significa que tengamos que cambiar para agradar a todo el mundo.
Claro que todos podemos mejorar.
Podemos cuidar nuestra salud, modificar hábitos, aprender a comunicarnos mejor, cambiar nuestra manera de vestir o transformar aquello que realmente deseamos mejorar.
Pero existe una diferencia enorme entre cambiar porque nosotros queremos crecer y cambiar porque alguien nos hizo sentir que no valemos.
Debemos aprender a mirarnos con nuestros propios ojos.
Reconocer nuestras virtudes.
Aceptar nuestras áreas de oportunidad.
Y, sobre todo, dejar de pedir permiso para ser quienes somos.
La autoestima no significa pensar que somos perfectos.
Significa saber que, aun con nuestras imperfecciones, merecemos respeto, amor y oportunidades.
Quizá alguna vez alguien se burló de nuestra apariencia.
Quizá nos hicieron sentir menos.
Quizá nos compararon con otra persona.
Pero nuestra historia no termina en aquello que alguien dijo de nosotros.
Puede comenzar precisamente el día en que decidimos dejar de creerlo.
Y cuando aprendemos a aceptarnos ocurre algo maravilloso: dejamos de gastar tanta energía intentando demostrarle nuestro valor a los demás.
Comenzamos a trabajar por nuestros sueños.
A relacionarnos con personas que nos respetan.
A caminar con mayor seguridad.
A disfrutar lo que somos.
Y es entonces cuando podemos descubrir que el verdadero triunfo no consiste solamente en alcanzar dinero, reconocimiento o éxito profesional.
También es triunfo mirarnos al espejo y poder decir:
“Me gusta quien soy.”
No necesitamos ser iguales a nadie.
No necesitamos cumplir los estándares de belleza de una sociedad que cambia constantemente.
Necesitamos ser nuestra mejor versión, no una copia de alguien más.
Porque el mundo necesita personas auténticas.
Personas que hayan aprendido a transformar sus heridas en fortaleza, sus diferencias en identidad y sus inseguridades en confianza.
Ámate, acéptate y mejora por ti, no para satisfacer las expectativas de los demás. Cuando aprendes que tu valor no depende de una crítica, una báscula, una cicatriz o una opinión ajena, comienzas a caminar con libertad; y cuando una persona se acepta, se respeta y cree en sí misma, ya ha dado el primer paso hacia su propio triunfo… no cree usted?
