La envidia, la traición y el karma
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay sentimientos que pocas veces reconocemos en nosotros mismos, pero que podemos identificar fácilmente cuando aparecen en los demás. Uno de ellos es la envidia.
Y quiero comenzar con algo muy claro: no existe la “envidia de la buena”.
Podemos admirar a una persona, reconocer su talento, alegrarnos por sus triunfos y tomarla como inspiración. Eso es admiración.
La envidia es diferente.
Es sentir incomodidad ante el éxito ajeno, desear aquello que otro tiene o, en algunos casos, intentar disminuir sus logros para sentirnos mejor con nosotros mismos.
Cuando alguien envidia lo que haces, lo que has construido o incluso lo que eres, puede llegar a convertirse en una relación peligrosa si esa emoción se transforma en acciones.
Y esto también ocurre en los negocios.
Cuántas historias conocemos de socios que comenzaron juntos con un sueño, trabajaron durante años para construir una empresa y, cuando llegaron las ganancias, aparecieron los problemas.
La confianza se rompe.
Los acuerdos dejan de respetarse.
Alguien intenta quedarse con más de lo que le corresponde.
Y una sociedad que comenzó con amistad, familia o compañerismo puede terminar en una amarga traición.
Por eso, cuando emprendemos con otras personas, la confianza es importante, pero los acuerdos por escrito también lo son.
No basta con decir:
“Somos amigos, entre nosotros no hay problema.”
Las relaciones pueden cambiar.
Las circunstancias económicas pueden cambiar.
Y cuando hay dinero de por medio, es mejor tener claridad desde el principio.
Definir responsabilidades, porcentajes, inversiones, ganancias y qué sucederá si alguno decide retirarse puede evitar conflictos que después resultan muy difíciles de resolver.
Pero existe otra enseñanza importante: no permitamos que la traición nos convierta en personas vengativas.
Cuando alguien nos hace daño, sentimos deseos de que pague por lo que hizo.
Queremos que la vida le devuelva aquello que nos quitó.
Y es ahí donde aparece esa palabra que tantas veces escuchamos: karma.
Más allá de las creencias personales, podemos entenderlo como una reflexión sencilla: nuestras acciones tienen consecuencias.
Quien engaña puede perder la confianza.
Quien traiciona puede quedarse sin aliados.
Quien abusa de los demás puede descubrir algún día que nadie quiere trabajar a su lado.
Y quien actúa con honestidad quizá tarde en ver los frutos, pero construye algo que ningún engaño puede comprar: una buena reputación.
Por eso no necesitamos convertirnos en aquello que criticamos.
Si alguien nos traicionó, aprendamos.
Si alguien intentó quitarnos lo que construimos, protejámonos mejor.
Si alguien habló mal de nosotros, dejemos que nuestros actos hablen más fuerte.
Y si alguien siente envidia por nuestros logros, no apaguemos nuestra luz para que esa persona se sienta cómoda.
Hay una enorme diferencia entre ser ingenuos y ser buenas personas.
Podemos confiar, pero también poner límites.
Podemos perdonar, pero no necesariamente volver a entregar las mismas llaves.
Podemos dejar atrás una traición sin olvidar la lección.
Porque la vida tiene una manera muy particular de acomodar las cosas.
No siempre veremos cómo sucede.
No siempre será en el momento que esperamos.
Pero cada persona termina viviendo con las consecuencias de sus propias decisiones.
No gastemos nuestra vida esperando que el karma castigue a quien nos hizo daño. Ocupémonos de construir nuestro propio camino, porque la mejor respuesta a la envidia, a la traición y a quienes quisieron vernos caer es seguir creciendo con honestidad, dignidad y la conciencia tranquila… no cree usted?
