Jugar a volver al pasado
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Vivimos en una época donde todo ocurre en cuestión de segundos. Un mensaje tarda apenas unos instantes en llegar al otro lado del mundo. Las videollamadas nos permiten ver a quienes están lejos y las redes sociales nos mantienen informados de lo que hacen familiares y amigos casi en tiempo real.
La tecnología nos ha acercado… pero, en ocasiones, también nos ha robado la emoción de la espera.
Hoy, mientras recordaba algunos momentos de mi juventud, vino a mi mente la ilusión que provocaba recibir una carta manuscrita.
Escuchar que alguien decía: “¡Llegó el correo!”, era motivo suficiente para acelerar el corazón.
Abrir cuidadosamente el sobre.
Reconocer la letra de quien la escribió.
Leer despacio cada palabra.
Volver a leerla una y otra vez.
Y, muchas veces, guardarla entre las páginas de un libro o en un cajón como uno de los tesoros más valiosos.
También estaban los telegramas.
Aunque con frecuencia anunciaban asuntos importantes o urgentes, cuando traían buenas noticias llenaban de emoción a toda la familia.
Eran tiempos en los que cada palabra tenía un enorme valor.
Hoy las conversaciones desaparecen con un clic.
Los mensajes se borran.
Las fotografías quedan olvidadas entre miles de archivos digitales.
Y pocas cosas conservan el encanto de tocar un papel que alguien sostuvo con sus propias manos mientras pensaba en nosotros.
Por eso quiero proponerle un pequeño juego.
Juguemos a volver al pasado.
Escriba una carta.
No un mensaje por teléfono.
No un correo electrónico.
Una carta de verdad.
Con papel, pluma, sobre y estampilla.
Escriba aquello que el corazón le dicte.
Un agradecimiento.
Un recuerdo.
Una felicitación.
Un “te extraño”.
Un “te quiero”.
Un “gracias por existir”.
Después vaya personalmente a una oficina de correos y envíela.
Tal vez el trayecto parezca más largo que presionar un botón.
Pero la emoción será completamente distinta.
Ahora imagine el momento en que esa persona abra el buzón de su casa y descubra un sobre dirigido a su nombre.
Seguramente primero sentirá curiosidad.
Después sorpresa.
Y, al leer las palabras escritas con su puño y letra, quizá aparezca una sonrisa, una lágrima o un abrazo que usted no alcanzará a ver, pero que habrá provocado desde la distancia.
Las cartas tienen algo que la tecnología difícilmente podrá reemplazar.
Transmiten tiempo.
Dedicación.
Paciencia.
Y un pedacito del alma de quien las escribe.
Quizá por eso muchas personas aún conservan cartas de sus padres, de un gran amor, de un hijo o de un amigo, incluso después de varias décadas.
Porque el papel envejece.
Pero los sentimientos permanecen.
No se trata de renunciar a la tecnología.
Se trata de recuperar esas pequeñas costumbres que hacían más profundas nuestras relaciones humanas.
Tal vez descubramos que, entre tantos mensajes instantáneos, una simple carta escrita a mano sigue teniendo el poder de emocionar como ninguna otra.
De vez en cuando vale la pena jugar a volver al pasado, porque algunas emociones no viajan por internet; viajan en un sobre, escritas con tinta, con paciencia y con el corazón… no cree usted?
