El arte de aprender a reír
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hay personas que nacieron en hogares donde las risas eran parte de la vida diaria. Crecieron escuchando bromas, abrazos, palabras de cariño y momentos que hicieron de la alegría una costumbre.
Pero también existen quienes vivieron una realidad distinta.
Infancias marcadas por la ausencia de afecto, por el exceso de disciplina, por el miedo o por el silencio. Niños que aprendieron demasiado pronto a contener sus emociones y que, al llegar a la edad adulta, descubren que les cuesta sonreír, integrarse a un grupo o simplemente disfrutar de una conversación.
No es que no quieran hacerlo.
Es que nunca aprendieron cómo.
Con frecuencia confundimos la seriedad con la madurez. Creemos que una persona reservada es más fuerte o más inteligente, cuando en realidad muchas veces solo es alguien que aprendió a esconder lo que siente.
La buena noticia es que la alegría también se aprende.
Así como aprendemos a hablar, a leer o a conducir un automóvil, también podemos aprender a sonreír, a disfrutar la compañía de los demás y a reír con libertad.
Los actores de teatro conocen muy bien este principio.
Antes de salir al escenario realizan ejercicios para expresar emociones. Incluso practican la risa. Repiten varias veces el sonido de la vocal “A” en forma continua: “aaa, aaaaa…” hasta que una risa aparentemente forzada termina convirtiéndose en una carcajada auténtica.
Parece un juego.
Pero nuestro cerebro responde de una manera sorprendente.
Cuando sonreímos o reímos, aunque al principio cueste trabajo, comenzamos a liberar tensión y a generar una sensación de bienestar que poco a poco transforma nuestro estado de ánimo.
También podemos entrenar la sonrisa recordando momentos felices.
La travesura de un hijo.
La ocurrencia de un nieto.
Una reunión familiar.
Un viaje inolvidable.
Una canción que marcó nuestra juventud.
Esos recuerdos despiertan emociones positivas que muchas veces permanecían escondidas bajo el peso de las preocupaciones.
No se trata de fingir felicidad cuando existe dolor.
Se trata de darle permiso al corazón para volver a experimentar la alegría.
La risa no borra los problemas.
Pero sí nos da la fuerza para enfrentarlos con una actitud diferente.
Una persona que sonríe transmite esperanza.
Acerca a los demás.
Rompe el hielo.
Abre puertas que la rigidez muchas veces mantiene cerradas.
Si siente que hace mucho tiempo no ríe con ganas, no se juzgue.
Empiece poco a poco.
Busque personas que contagien optimismo.
Vea una película que le haga reír.
Comparta tiempo con sus nietos o con quienes le recuerden que la vida también está hecha de momentos sencillos.
Porque nunca es tarde para recuperar esa parte de nosotros que un día creyó que la felicidad era un lujo.
La alegría no siempre llega sola.
A veces hay que salir a buscarla.
Y cuando la encontramos, descubrimos que vivir con una sonrisa también es una forma de agradecer la vida.
Reír no nos hace olvidar los problemas; nos da la fuerza para enfrentarlos. Nunca permita que las dificultades le roben la capacidad de sonreír, porque una carcajada sincera también puede sanar el alma… no cree usted?
