La fe que mueve montañas
Columna: Con mi Lupa
Por: Alma Cárdenas
Hoy quiero hablar de algo que no podemos tocar, pero que ha sostenido a millones de personas a lo largo de la historia: la fe.
Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos enfrentado situaciones que parecen imposibles. Problemas económicos, enfermedades, pérdidas, conflictos familiares o sueños que parecen demasiado grandes para nuestras posibilidades.
Y es precisamente en esos momentos cuando aparece una fuerza extraordinaria: la capacidad de creer.
Creer en Dios para quienes profesan una religión. Creer en una inteligencia superior. Creer en el universo. Creer en el poder de la oración. Creer en la energía positiva que nace de un corazón lleno de esperanza.
La fe tiene algo maravilloso: nos permite seguir caminando cuando todavía no vemos el camino completo.
Muchas veces pedimos algo con toda el alma. Un empleo, la salud de un ser querido, una reconciliación, una oportunidad o simplemente la paz que tanto necesitamos. Y aunque la respuesta no llega de inmediato, seguimos adelante porque dentro de nosotros existe la convicción de que las cosas pueden mejorar.
La fe no elimina los problemas, pero sí cambia la manera en que los enfrentamos.
Cuando creemos profundamente, nuestra mente deja de enfocarse únicamente en los obstáculos y comienza a buscar soluciones. Nuestra energía cambia. Nuestra actitud cambia. Incluso nuestra forma de relacionarnos con los demás se transforma.
Hay personas que llaman a esto providencia. Otras lo llaman destino, bendición o sincronía. Pero casi todos hemos vivido alguna situación en la que algo que parecía imposible terminó ocurriendo.
No siempre de la forma que imaginábamos.
No siempre en el tiempo que deseábamos.
Pero ocurrió.
Y entonces comprendemos que existen cosas que van más allá de nuestra comprensión inmediata.
La fe también nos enseña paciencia. Nos recuerda que no todo depende únicamente de nosotros y que hay momentos en los que debemos trabajar, esforzarnos y después confiar.
Porque creer no significa quedarse esperando sin hacer nada.
Significa actuar, perseverar y mantener la esperanza incluso cuando las circunstancias parecen adversas.
La vida tiene una forma sorprendente de acomodar las piezas cuando la voluntad, el esfuerzo y la fe caminan juntas.
Quizá por eso las personas que conservan la esperanza suelen encontrar serenidad incluso en los tiempos difíciles. No porque tengan menos problemas, sino porque saben que ninguna tormenta dura para siempre.
Y cuando la paz habita en el corazón, los sueños dejan de parecer tan lejanos.
La fe no siempre cambia las circunstancias de inmediato, pero sí transforma a la persona que las enfrenta… y desde ahí comienzan a ocurrir los verdaderos milagros, no cree usted?
